javiercorreacorrea

Escritor, ensayista, comunicador social – periodista, docente universitario, nacido en Barranquilla (Colombia) en 1959. Primer finalista en el Concurso Nacional de Novela del Instituto Distrital de Cultura de Bogotá, con La mujer de los condenados (2001). Ganador del Concurso de Novela Corta del Taller de Escritores de la Universidad Central, con Si las paredes hablaran (2006). Autor de más de 50 cuentos cortos, algunos ganadores de premios nacionales.

10 mayo 2020

Armadura




Por Javier Correa Correa

Eran las once y cincuenta y mi padre me llevaba de la mano. Caminábamos de prisa, no porque él temiera que no alcanzáramos a llegar a la Misa de Gallo, sino porque pensaba que ya no encontraríamos una banca disponible para nosotros en la Iglesia del colegio Berchmans. En especial para mí, que llevaba veinte minutos llorando y, de seguir haciéndolo, habría sido un drama para todos. Y no solo para mí.
Harold, qué nombre tan feo. Y peor aún era Haritol, como yo lo llamaba. Tenía los mismos siete años míos, las mismas ganas de vivir alegre y despreocupado, la misma forma de mirar preguntando por todo.
El día se nos había ido jugando, desde la primera hora, a perseguir lagartijas en el borde de la colina al frente de las casas, a las canicas o al fútbol en la calle levemente inclinada, por lo que a cada gol cambiábamos de cancha para que ninguno tuviera ventaja. Terminábamos empatados siempre, claro, pero algunas ocasiones eran la mamá de él o la mía las que daban por concluido el partido y así cerrábamos el marcador. Otras veces era el aburrimiento, pero nunca lo fue el cansancio. Ese día, recogió el balón bajo el brazo izquierdo, encorvado en forma de jarro. Nos sonreímos y cada cual pegó para su casa, separadas una de la otra por unos treinta o cuarenta metros, hoy calculo la distancia, porque en esa época no teníamos problemas ni de métrica ni de otros asuntos que acongojan a los adultos. Quedamos de encontrarnos en un rato, tampoco teníamos relojes y las citas se concertaban por pura amistad.
El obligado tema vespertino eran las listas de regalos elaboradas durante varias semanas, tras garantizar que nos habíamos portado bien el resto del año. El ejercicio de la contrición nos obligaba a suprimir algunos de esos premios, los más ambiciosos, pero de todas formas los renglones se sucedían uno tras otro, casi interminables, hasta que la hoja se acababa, sin más espacio que el reverso, donde los carritos, las camisas, los zapatos, los colores, los balones, los cómics, los aviones de plástico se alternaban sin disputarse el lugar, porque, al fin y al cabo, al final quedaba espacio para estampar la firma irregular, seguida por un punto grandote, para que no hubiera dudas de que eso era todo.
Las listas, la suya y la mía, habían sido reescritas varias veces, ya las mamás sabían y contaban con suficientes hojas de repuesto. Por si acaso. Un año antes, mi mamá me había ayudado a copiar las cinco versiones corregidas y aumentadas de la carta, que era precisamente uno de los motivos para aprender a escribir, pues no era ella la destinataria y al enterarse de mis dictados se perdía la sorpresa, aunque, obviamente, yo contaba con su prudencia y discreción. Nadie, más que ella, se podía enterar del contenido. Ni siquiera mi papá.
Ese año, incluso, me preguntó si necesitaba de nuevo de su colaboración, pero le respondí que no. No podía ser orgulloso, eso me habría obligado a quitar otro juguete de la lista, así que simulé humildad. Recuerdo que sonrió y se fue caminando bonito rumbo a la sala, se asomó a la ventana, detenida en el espacio entre los vidrios siempre limpios y las cortinas livianas. Me miró de reojo, como insistiéndome en que contara con ella.
-Ya la estoy escribiendo yo –le expliqué.
Le leía cada nueva versión, que aprobaba sin corregir la ortografía o la puntuación, eso tampoco era para mí un problema en ese entonces.
Cuando decidí que era la última carta, la releí para mí varias veces y monté guardia durante una eternidad. En el momento en que estuve completamente seguro de que nadie me veía, con precaución separé de la pared la parte inferior del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que colgaba en una pared del pasillo principal, entre el comedor y las alcobas. El papelito, doblado en ocho partes, cabía perfecto y no ofrecía riesgo de deslizarse y que alguien lo encontrara. Me senté por ahí cerca, a jugar con disimulo hasta tener la certeza de que nadie lo vería. Eso fue cinco días antes de la Misa de Gallo.
Tuve plena seguridad de que era un tesoro escondido que nadie podría hallar. Me asomé a la ventana y le hice señas a Haritol de que me esperara otro momentico. Busqué otra vez la complicidad de mi mamá y le conté dónde había escondido la carta, después de hacerle prometerme que la cuidaría hasta que el destinatario la recogiera sin que nadie se percatara. Sonrió de nuevo.
Al regresar, me acompañó a revisar que la carta todavía estuviera en el improvisado buzón. Ni tan improvisado, porque un año antes ella misma me había sugerido ese sitio y me había acompañado, más para asegurarse de que el cuadro no cayera encima de mí y rompiera todavía más el corazón en llamas de ese tipo bondadoso que cuidaba la casa. Tardé mucho tiempo en entender cómo se moría primero, en el tercer o cuarto mes, y nacía apenas ocho días antes de que el año terminara. El enigmático espacio entre la muerte y la vida.
A la mañana siguiente, la carta había desaparecido. Corrí a contarle a mi mamá y a mi papá primero, y a Haritol después, un poco frustrado, eso sí, porque se me había ocurrido pedir algo más y ya no era posible incluirlo.
La tarde previa a la Misa de Gallo, repito, estuvimos jugando bajo un sol que ni siquiera sentíamos. Cruzábamos la calzada sin precaución, nos reíamos sin recato. Yo veía a veces a mi hermano jugando también con sus amigos. Haritol no tenía hermanos. Con cautela, como todos los días, espiamos a las dos pelirrojas que pasaban rapidito por el andén del frente, seguras de que las veíamos. Ambas tenían pecas en los cachetes dulces que enmarcaban las sonrisas entre picaronas e inocentes de sus ocho y nueve años de edad.
El sol se fue apagando y la ansiedad crecía a medida que la luz amarilla era reemplazada por la timidez de la luna y por los bombillos de los postes en fila.
Las mamás coincidieron en el llamado a pasar a la mesa y como había que demostrar una vez más obediencia como prueba indudable de buen comportamiento, renunciamos al juego y cada uno salió corriendo para su casa. El partido de fútbol estaba empatado en ese momento, no hubo posibilidad de líos. Faltaba un montón de tiempo para ir a la misa de la media noche y la ansiedad aumentaba con cada saltico del segundero en el reloj de pared, diagonal al cuadro del Sagrado Corazón.
Tuve permiso de salir otra vez, a embolatar la espera entre las sombras proyectadas de un poste a otro y, de pronto, vi a un caballero de mi estatura, ataviado con una armadura de plástico gris que se movía con torpeza al ritmo de Haritol, quien ocultaba su brazo izquierdo –el mismo que acostumbraba a proteger el balón– tras un escudo redondo, al frente del cual pude detallar un blasón con los emblemas en forma de castillo sobre el que un casco con penachos desafiaba los bordes y pretendía salir a la noche caleña. En su mano derecha, Haritol ensayaba a dominar la amenazadora espada del mismo plástico horrible de la armadura y del escudo y de la funda que pendía de su cintura. Yo sabía que él había incluido ese regalo en su carta. Sonreí con tristeza y le di la espalda, en un gesto que él no entendió, y a lo mejor hoy, en esta misma hora, escribe una insulsa anécdota de su vida sobre la noche en la que perdió a su amigo, que se refugió en las faldas de la mamá. Ella me explicó que el Niño Dios no siempre repartía los regalos en orden sino que se saltaba algunas casas a propósito, pero que debía tranquilizarme, pues estaba segura de que cuando volviera de la Misa de Gallo ya encontraría yo los regalos debajo de la almohada, debajo de las cobijas, debajo de la cama. Mientras yo iba a la iglesia sin bancas vacías, ella permanecería en casa, preparando lo que había pendiente de la cena de Navidad, sin percatarse de cuándo llegarían mis regalos, impulsados tal vez por un viento suave.

26 abril 2020

La opción no es la guerra sino la paz



Hace 10 años, cuando se conmemoraban 20 del asesinato de su padre, entrevisté a María José Pizarro, quien con dignidad y entereza se ha abierto su propio camino, para construir un país como el que seguimos soñando y mereciendo. La entrevista fue publicada en siete periódicos del país, y hoy la retomo como un pequeño homenaje al grande amigo, Carlos Pizarro Leongómez.

Cuando a bordo de un avión asesinaron al candidato presidencial Carlos Pizarro Leongómez hace 20 años, María José, su hija, tenía apenas 12 años de edad. Hoy vive en España, con su hijita. Vino hace pocas semanas a Colombia para recoger la memoria de su padre y organizar una serie de conferencias y exposiciones conmemorativas, en las que quiere plantear que la opción no es la guerra sino la paz.
Este lunes, por ejemplo, hará una “rumba” en el Cementerio Central de Bogotá, frente a la tumba de quien dirigiera la desmovilización del M-19. Espera reunir a antiguos militantes de lo que fue ese grupo guerrillero y a jóvenes que no habían nacido o apenas gateaban cuando en Colombia se ensayaba la paz como alternativa frente a la guerra fratricida. Jóvenes que, aun desde la civilidad, siguen sufriendo la guerra.
Cree que, pese a que seguimos en guerra y pese a que su padre murió asesinado, valió la pena el intento, pues el camino sigue abierto “para sembrar en esta tierra”, en la que su opción y la de los huérfanos de la guerra no debe ser la guerra. Tiene la memoria fresca y la mirada puesta en el futuro, por lo cual lanza un reto: “seamos capaces de establecer esos puentes que otras generaciones no han sido capaces de establecer y de verdad desterremos el odio”.
Tiene la sonrisa y los ojos grandes parecidos a los de Carlos Pizarro, habla pausado como su padre, camina vertiginosa como su padre, de quien tiene recuerdos efímeros, que define como flashes. Lo compara con don Quijote, aunque le molesta “cuando se tiende a idealizarlo y ponerlo en un lugar demasiado alto, porque es lo mismo que se hace con unos personajes casi perfectos”.
¿Quién es Carlos Pizarro?
A mí me gusta que la gente lo recuerde como un hombre, y ahí precisamente está su grandeza: que era un hombre como cualquiera de nosotros, pero con unos valores que no se encuentran a la vuelta de la esquina, con unos valores de compromiso, de ética. A veces pienso que es un poquito como don Quijote, que vive en un mundo con un montón de valores en su cabeza, con sueños, con ética, con palabra, con compromiso, en un mundo donde ya nada de eso existe. Y a veces siento que eso le pasa un poco a mi padre, que él vivía con un mundo en la cabeza, del honor, de la palabra, pero en un mundo donde todo eso ya había desaparecido.
¿Cómo hacer un mundo ideal con las armas? Que es lo que podría considerarse como la contradicción de Carlos Pizarro, porque si menciona el Quijote, el arma que usaba el Quijote era la lanza con la que se iba contra los molinos; el arma de Pizarro era una subametralladora, era un fusil…
Era el momento que se estaba viviendo, cuando se creía que a través de las armas se podían conseguir cambios sociales. Pero que también todas las grandes revoluciones, excepto la de Gandhi, se han hecho así; la revolución en la India, porque ellos tenían una materia prima que es la espiritualidad de la India, que nosotros no tenemos: nosotros tenemos otra historia, somos demasiado apasionados, venimos de unas historias de violencia muy grandes. Por eso se creía que se podía conseguir a través de las armas y fue un camino que se intentó, y precisamente él antes de morir pudo recapitular y decir “por aquí ya no vamos más”. No diciendo “lo que intenté estuvo mal” y arrepintiéndose y echándose golpes de pecho, pero sí reconociendo…
Se había cerrado ese capítulo, esa posibilidad…
Se había cerrado y precisamente él recapituló y dijo “por aquí ya no más” y tomó otro camino. Precisamente ahí está la grandeza, saber cuándo llega el alto. Y tener la fortaleza para lanzarse al abismo, decir “me voy al abismo y lo que me vaya a encontrar”. Y la muerte lo encontró muy pronto.
¿Es la misma muerte del M-19 también? Al declarar el crimen de Carlos Pizarro como un crimen de lesa humanidad es porque se pretende aniquilar a un movimiento. ¿La muerte de Carlos Pizarro es también la muerte del M-19, es la muerte del proyecto político M-19 y después AD M-19?
Como proyecto político, no creo que haya muerto. La gente puede mirar y recoger y hacer un nuevo sancocho con lo que quedó y retomar esas ideas de una manera diferente. Esto quedó latente, y está esperando a ver quiénes lo miran. Pero como movimiento, como opción política del momento, como partido, sí murió con Carlos Pizarro, porque tal vez no hubo quién tuviera la grandeza de recoger eso. Había una gran cantidad de cuadros en formación, a los otros los habían aniquilado a todos en un proceso sistemático. Pero con él sí muere porque los cuadros que venían detrás no tenían la grandeza, no estaba aún formados para retomar todo esto. Entonces tú ves un montón de cuadros que vienen después, pero… yo creo que sí fue una decisión el fin del M-19.
El M-19 tenía una idea y la soltaba a ver quién la ponía a marchar. ¿Eso pasó también dentro del M-19? Porque cuando murieron Bateman, Iván Marino Ospina, Boris, Álvaro Fayad, el M-19 se descuadernó…
Es que eran hombres que habían compartido, que habían luchado juntos y tenían una historia en común y más por lealtad, en honor a esos amigos muertos no dejaban que el proyecto político se diluyera. Me da tristeza decirlo, pero fue una decisión, que fue muy difícil expandirse como un gas por todos los municipios del país… pero sí había cuadros, lo que había era que darles la oportunidad de que se prepararan, pues tenían ganas. Y la militancia a veces se vio abandonada, por todo lo que significó la desmovilización, porque si uno se pone de su lado es muy difícil volver a la vida civil, reincorporarse y más cuando llevas 20 haciendo la guerra o entraste muy joven a ella. Bateman decía que siempre que quede uno del M-19 quedará una esperanza, pero el problema es que tienen que estar dirigidos por alguien y ese alguien tiene que tener el carisma y la credibilidad para que sus hombres lo sigan.
Los hombres y mujeres del M-19 son una generación que pasa de los 40, 50 años, pues el M-19 se desmovilizó hace 20 años. Y los que tienen menos de esa edad, los jóvenes de 20, 25 años no habían nacido o estaban gateando. ¿Quiénes son los herederos del M-19?
Pues los hijos. O todos aquellos que se identifiquen con esto, que busquen una Colombia diferente…
¿Pero los hijos de esos combatientes?
Los hijos de esos combatientes tenemos que solucionar cosas dentro de nosotros. Yo personalmente tomé la decisión de enfrentarlo y ver qué había pasado. Y cuando me puse a verlo, pude tender puentes de acercamiento y de entendimiento. Me pude sentir orgullosa del camino que tomaron mis padres y se me acabaron los conflictos internos, o por lo menos los miro desde otra perspectiva. Acabarse nunca, pero por lo menos los miro desde otra perspectiva. El ideario político del M-19 tendría que ser leído y reinterpretado. E históricamente, no solo los hijos del M-19: los hijos de esta violencia sí somos una generación que está llamada a frenar los ciclos de violencia, que esta historia se muera, a recordar, a recapitular, pues el trabajo de memoria crea puentes de reconciliación y no en los que la gente se siga confrontando más. Ha habido demasiados dolores y no sé si todos los hijos del M-19 estén en capacidad de tomar las banderas de sus padres y no sé si quieran, ni siquiera sé si yo lo haría, el tiempo dirá…
¿Pero no lo está haciendo ya? ¿Esta recuperación de la memoria no es hacerlo?
Sí, es una forma de que la gente conozca su historia, no solamente los hijos de los combatientes sino en general los jóvenes conozcan la historia, vean el otro lado que no se ha contado y ahí pueden iniciar un camino en el que la gente empiece a retomar pero sin extremismos, porque si no, volveríamos a lo mismo. El M-19 era una mezcla en la que confluían muchas mentalidades diferentes y ahí estaba el gran ejercicio de tolerancia que había adentro. Pero es una historia de Colombia, no es una historia de los combatientes, que nos pertenezca, sino que tenemos que abrir los canales para que se vuelva a mirar con otros ojos. Y en su propia investigación pueda tener un criterio propio que no obligatoriamente sea el nuestro, sino que sea una reinterpretación.
¿Y cómo se reinterpreta a la luz de hoy, siglo XXI? ¿Qué sería hoy el M-19? Estos “qué sería” son tan hipotéticos, estos “si” condicionados son tan hipotéticos: si Carlos Pizarro no se hubiera muerto, si el M-19 no se hubiera desmovilizado…
Si ellos no se hubieran muerto, Colombia tendría unos líderes diferentes. Ellos sí habrían cambiado cosas profundas, unos mejores y otros peores, uno podría tener afinidades con unos y con otros no, pero eran capaces de dar la vida por lo que creían y estaban comprometidos a fondo por un país que querían. El hecho es que murieron, que los mataron, que ya no están aquí. ¿Cómo se reinterpretaría? Creo que no hay que hacer un ejercicio demasiado grande: Colombia ha cambiado y ellos serían unos magníficos comunicadores, manejarían muy bien los medios, harían campañas novedosas e inteligentes. Ellos no eran hombres aferrados al poder, lo podemos ver tanto en el caso de Iván Marino Ospina, que lo relevaron en la comandancia general y no pasó nada y eso nunca había pasado en un movimiento guerrillero, que fuera capaz de relevar a sus mandos; en la reunión de Campo Reencuentro mi papá dijo “listo, yo entrego la comandancia” y no le aceptaron, y eso muestra que no era gente que estaba aferrada al poder y a quedarse en la cúpula.
Carlos Pizarro decía que el M-19 no les rendía culto a las armas, no le rendía culto al poder. Usó las armas 20 años pero no les rendía culto. ¿Cómo se interpreta eso hoy?
Las armas son una herramienta en un momento, como puede ser el machete para un campesino. El machete mata, igual. Es más, en este país han matado gente a machetazos y la han desaparecido. El machete para el campesino no es un arma, es una herramienta de trabajo. Para los hombres del M-19, para mi padre, el arma era una herramienta. No era un hombre casado con las armas, sin las cuales se habría sentido medio manco y no podría pensar. Eran hombres pensantes, que tenían la capacidad de soñar sin inhibiciones, y no estaban casados con las armas.
Flashes de la memoria
En lo personal, ¿qué recuerda María José de Carlos Pizarro?
Poquitas cosas. Lo que recuerdo es más lo que he ido reconstruyendo en este trabajo de ocho años, que los recuerdos que tenga de verlo a él, en uno u otro momento. Sí recuerdo, pero son flashes de la memoria y por eso empiezo a hacer un trabajo de reconstruir, de mirar, de emplazar los recuerdos en algún lugar para darles contexto y ayudar a que la memoria se despierte. Pero como el corazón esconde lo que duele, uno se queda con lo mejor. Pero como lo mejor fue tan corto, entonces son como momentos que de repente se prenden, como lucecitas, pero son efímeros. Pero es que así eran nuestros encuentros: efímeros, de momentos súper corticos, apasionados, y por eso uno tal vez tiene esa forma de querer, a veces tan desprendida, y a veces tan  intensa y apasionada.
Valió la pena el sacrificio de no haber tenido a su lado a un padre y una madre que estaban en la guerra, ¿valió la pena que su padre hubiera muerto?
La muerte nunca vale la pena. Habría aportado mucho más vivo que muerto. Pero no fue mi elección ni era mi vida. Era la vida de él y él se empeñó a fondo en eso. No soy yo quién para juzgarlo. Ahora, si valió la pena su lucha, yo sí creo que valió la pena. Tenía que intentarse. Precisamente el error que comete la gente es que ve al M-19 con los ojos de hoy, y es “ese guerrillero que mató y les hizo tanto daño a nuestros campesinos” y uno sabe que eso no es así. El M-19 hizo daño en la guerra, como cualquier movimiento armado, como cualquier persona que está haciendo la guerra. Pero si uno se pone a retomar, a mirar, a hablar con los campesinos, a hacer el trabajo que he hecho, no se encuentra eso. Pero la gente lo está mirando con los ojos de hoy, la gente está mirando a mi papá con los ojos de las FARC de hoy y eso es un error. A ellos hay que mirarlos en el contexto, hay que buscar, hay que entender y hay que construirse un criterio para hacer un juicio más justo. Me gustaría saber en porcentaje en la historia de los últimos 50 años de violencia, el M-19 de qué porcentaje es responsable, comparándolo con otros actores armados. Yo he hecho un ejercicio de crítica grande, yo no es que celebre y diga que fueron divinos y que todos fueron divinos. Yo he sido crítica con ellos, he tenido discusiones. Y no me amarro o intento no amarrarme.
¿Habría que hacerles un juicio al M-19 y a Carlos Pizarro?
Cuando el M-19 se desmovilizó y hubo un indulto y ellos se reintegraron, el país los recibió como lo hizo y de eso la gente no se acuerda. A mi papá lo recibieron multitudinariamente, era impresionante. Yo he estado hablando con la gente, he estado mirando los archivos de prensa, lo he estado investigando y creo que el país sí entendió en ese momento lo que había hecho él y le abrió las puertas y, digámoslo así, lo perdonó.
Pero Carlos Pizarro era un hombre mediático. Y era, como banalmente se dice, el “comandante papito”. ¿Se aceptaban las propuestas, la postura, la ética del M-19 y de Carlos Pizarro o al “comandante papito”?
En el elemento femenino, puede que sí, porque no más verlo era agradable, seguramente habrían visto sus discursos así no le pararan muchas bolas. Pero en el elemento masculino también hace eso, porque tiene carisma, porque la gente percibe cosas diferentes, ve una mirada limpia. Por qué genera esas simpatías en el elemento masculino también, no era solo que las plazas estuvieran llenas de mujeres, porque en Valledupar, en Yumbo, en Bogotá, estaban también llenas de hombres. Entonces qué los convocaba: esa facilidad de la palabra, esa forma de hablar, ese carisma. Pero que el país no alcanzó a conocer, es que fueron 45 días. Y se recuerda al más militar del M-19, es que Carlos Pizarro era el hombre más militar, e hizo el viraje y la gente entendió ese mensaje: cómo el hombre más militar era capaz de dejar las armas, porque fue él quien dejó las armas aun perdiendo. Lo hicieron porque se les dio la gana. Y algo más: era una paz sin retorno, era una paz como decisión, ellos decidieron hacer la paz, no es que ya no tuvieran otra opción, no. Opciones para hacer la guerra siempre hay y cuando uno está radicalizado se queda ahí hasta que lo aniquilan y matan a todo el mundo. No: ellos decidieron la paz como una opción y es una paz sin retorno. Porque no volvieron a la guerra y 20 años después podemos ver que no volvieron a la guerra. Y la gente entendió ese mensaje, y cuando muere mi papá, en la gente de este país murió esa esperanza de paz, y nos ahondamos en una guerra tres mil veces más sanguinaria. Ellos se desmovilizaron justo antes de que empezara a degradarse de la manera como se degradó entre 1990 y el 2005, con la guerra que tenemos hoy, degradada, con odio; no hay respeto por el otro, por el enemigo, por el campesino, por el que piensa distinto: es que hay una guerra contra el que piensa distinto. ¿Por qué no podemos coexistir, sentarnos a hablar?
Dice que con usted y con su generación muere esa opción de la guerra y que los huérfanos de Carlos Pizarro, los huérfanos de todos los lados están en disposición de cerrar definitivamente ese ciclo de guerra…
Ojalá fuera así. Mi opción es esa, y creo que la de algunos herederos de esa violencia. Hay mucha gente que está en esa disposición, pero no puedo hablar por todo el mundo. En este país donde a todo el mundo le han secuestrado a alguien, le han matado a alguien –la violencia ha tocado todos los estamentos y todos los rincones– ojalá pudiéramos reencontrarnos, mirarnos a los ojos y decir “bueno, a usted le mataron, a mí me mataron, a todos nos han matado a alguien”. Entonces mirémonos a los ojos y mirémonos diferente y seamos capaces de establecer esos puentes que otras generaciones no han sido capaces de establecer y de verdad desterremos el odio.
“Yo no quiero que me maten”
¿Quién es María José Pizarro?
Una persona que se está construyendo, que tiene la sensibilidad. Soy quien soy gracias a mis padres, ellos me enseñaron y me heredaron un camino aunque no hayan estado conmigo criándome en la cotidianidad, pero con su ejemplo sí me enseñaron que puede uno tener la capacidad de soñar, de amar, de crear. Yo soy una persona que quiere este país profundamente, que quiere su tierra, soy una persona arraigada y que –ahora que vuelvo– voy encontrando los caminos para sembrar en esta tierra. Me gustaría poder criar a mis hijos aquí, poderle entregar cosas a este país; si soy hija de quien soy y la vida me dio esta herencia, sería un equívoco no aprovecharlo. Sería irresponsable. Si tengo la posibilidad de hacer algo, debo hacerlo. Pero de una manera diferente, que no genere más violencia: yo no quiero que me maten ni sería capaz de matar a nadie. A mí no me enseñaron la apología a las armas, alrededor mío no existieron armas, no existieron odios ni rencores, me enseñaron que hay gente que piensa diferente, me enseñaron caminos de tolerancia. E independientemente de lo que me han enseñado, he construido una vida que me ha llevado hacia allá. Yo he tenido todo y no he tenido nada. Y no he tenido nada por opción propia, porque buscaba comprender qué pasaba en este país, qué pasaba en la gente y por qué mis padres habían hecho lo que habían hecho. Soy una mujer que pese a su herencia, tiene su propio criterio, tiene su propio camino y le gusta construirse a sí misma.
¿Carlos Pizarro estaría orgulloso de María José?
Ojalá. No sé. Yo no lo conocí, esa respuesta no la puedo dar yo.
Entonces esa pregunta se la hago a Myriam Rodríguez, la mamá.
Yo sí: íntegramente. Me parece que es una persona honrada consigo misma, en una búsqueda por mejorar y por entender. Y abierta a todas las propuestas, abierta a todos los caminos. Exigente, de un rigor consigo misma –y eso lo heredó de su padre–, y creo que es una persona profundamente honrada. Me siento orgullosa, claro.

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04 abril 2020

Vidrios en tiempo quieto




Por Javier Correa Correa

Hay ocasiones en las que transcurre el día sin salir del apartamento. Como hoy. Aunque, en verdad, no puedo salir. Podría, pero es mejor no hacerlo. Tampoco es una suerte de cautiverio, como si estuviera tras una serie de barrotes verticales unidos por tres franjas horizontales de metal, una en la mitad, otra arriba y la tercera en la parte inferior, casi a ras del suelo.
Puedo asomarme a la ventana y observar la calle vacía, en la que ni la lluvia se pasea. Tampoco el viento. Ni el sol. Cada jornada es gris y la luz que traspasa los vidrios es opaca, plana, sin sombras.
Afuera tampoco transcurre el tiempo. No hay frío, pero todo está congelado. De pronto pasa una joven con la cabeza llena de canas. Otra mujer, un rato antes o un rato después, lleva atado a su mano izquierda un lazo en cuyo extremo un perro blanco se deja llevar, a dar una vuelta, a orinar contra un poste, a cagar en el andén. Ella, de todas formas, recoge los excrementos que empaca en una bolsita de color naranja, como es el color del esfero con el que escribo. La tinta es negra.
La letra no es tan clara, el papel aguanta todo.
A este lado del vidrio, yo no pienso. Me siento, estiro las piernas y camino, me siento, llevo los brazos a la espalda, bostezo, cruzo las piernas y de cada ojo no brota lágrima alguna. Escucho, sí, el silencio. Es bonito, aunque mis oídos están desacostumbrados e intentan explorar lo que ocurre afuera de mi cuerpo, a este lado del vidrio.
He sabido que muchos se quejan de la ausencia de personas a sus lados. Yo pensaba algo así y cuando empezó el tiempo quieto, temí lo peor. Todo es cuestión de acostumbrarse, me dijo alguien. Me aconsejó hacer una rutina o, lo que es igual, cambiar de rutina. Para qué. Ni he disfrutado ni me he angustiado. Ahí voy. Aquí voy.
Así como he mirado a través de la ventana y he buscado lo que me rodea a este lado del vidrio, he podido mirarme. Más que en un espejo, es mirarme por dentro. No hablo, no rezo, no gesticulo, no cuestiono. Solo me miro solo. Y me gusta, pues, por fin, me encontré.



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20 marzo 2020

Del silencio de mi cello o Razones de vida


Por Javier Correa Correa

Conocí personalmente a Vera Grabe en diciembre de 1984, cuando ella era comandante del M-19 e integraba la Comisión de cese al fuego suscrito entre esa organización insurgente y el gobierno nacional.

En mi calidad de periodista, con otros colegas esperábamos lo que iba a suceder ante el recrudecimiento de los combates en el filo de una cuchilla montañosa llamada Yarumales, arriba de Corinto, en el Cauca. Cuando ella y la escritora Laura Restrepo y otros delegados del gobierno cruzaron el retén militar instalado para que nadie más pasara, el oficial de más alto rango dijo entre risas:
- Esos van a volar como Ricaurte en San Mateo.
Sobrevivieron, por encima de los deseos del militar.
Volví a encontrar a Vera Grabe en las publicaciones de los periódicos, en especial el 7 de noviembre de 1985, cuando dijeron que formaba parte del Comando Antonio Nariño por los Derechos del Hombre que ocupó el Palacio de Justicia para juzgar al Estado precisamente por haber violado los acuerdos de paz.
Con el dolor que esos dos días nos produjeron a todos los colombianos, me alivió saber que Vera Grabe no había estado allí y que se encontraba con vida. Después, mucho después, en el libro Del silencio de mi cello o Razones de vida, supe que por esos días ella estaba en el monte antioqueño, en la alianza que el M-19 había establecido con el EPL.
Luego de la desmovilización del M-19, la entrevisté varias veces en su calidad de congresista, cuando peleó con las armas de la paz y con las poquitas que la democracia dispone, para formular proyectos de ley que favorecieran a la gente, a la del común, pero el Capitolio es escenario de los más putrefactos mecanismos para hacer exactamente lo contrario: legislar a favor de los más ricos.
Esa suma de historias que Vera Grabe le cuenta a su hija Juanita está en el libro Del silencio de mi cello o Razones de vida, que me obsequió hace dos semanas, cuando volvimos a encontrarnos, charlamos de amigos y de sueños comunes, y nos tomamos dos deliciosos tintos cada uno.
Antropóloga, hija de alemanes que con dignidad sobrevivieron a la Guerra Mundial, decidió, como muchos jóvenes de la época, meterse a ese proyecto llamado Revolución. Con otros soñadores como Jaime Bateman, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro, Gustavo Arias, María Eugenia Vásquez, Carlos Toledo, Gerardo Bermúdez y otros imprescindibles, fundaron el M-19. Como mujer se ganó el rango de comandante, que conservó hasta cuando el 9 de marzo de hace 30 años, el Eme hizo dejación de las armas para buscar, desde la paz, impulsar los cambios que este país necesita. Que sigue necesitando.
"No escogí la guerra", aclaró hace casi un año en el lanzamiento de mi libro Anecdotario de mis guerras, en el que también cuento historias cotidianas de mi participación en el M-19.
El libro de Vera Grabe es impecable. Hace tiempo tengo claro que lo humano es lo más político que hay. Que lo artístico es lo más político que hay. Y el libro Del silencio de mi cello o Razones de vida es humano, es literario y es musical. Tanto, que el instrumento de cuerdas suena en todas las páginas, como parte de su formación, como parte de sus añoranzas en el monte y como una realidad, hoy, cuando puede volver a sentarse detrás del cello, armada de un arco, para dialogar con su hija y con todos nosotros, a través de las notas musicales.

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09 febrero 2020

"Sobre los huesos de los muertos", de Olga Tukarczuk: la tabla salvadora del exilio


Por Javier Correa Correa


Los “migrantes ilegales”, como les dicen los europeos a los sirios que huyen de la guerra. Los migrantes venezolanos que a pie atraviesan un continente para huir de la miseria provocada por el bloqueo a su país por parte de Estados Unidos y otros autodesignados adalides de la democracia. Los colombianos que buscan en el exterior un futuro benigno cuando se dan cuenta de que en este país no hay posibilidades de supervivencia digna. Duszejko, la animalista que además traduce poemas y huye de Polonia a Chequia, perseguida por la policía. Alejo Sabaraín, el compañero de Policarpa Salavarrieta que escapa del despiadado “pacificador” y busca reunirse con los patriotas en los llanos colombo-venezolanos. Los chilenos que huyeron de la dictadura impuesta en 1973.
Son millones.
Cada día, desde las eras primarias de la humanidad, la migración o el exilio –para mí, son lo mismo– millones de personas han decidido ¿decidido? dejar la tierra donde nacieron y viajar a lugares desconocidos, con costumbres distintas, con lenguas diferentes, incluso. La búsqueda de la supervivencia.
Olga Tokarczuc, la polaca galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2018, narra uno de esos exilios, el de una maestra que se refugia en una gélida montaña y cuida de su vida, de los hogares de los vecinos, de los corzos amables y nerviosos. Con una facilidad prodigiosa, les cambia los nombres a las personas, según la forma como las ve. Y les cambia también las vidas, desde el comandante de Policía hasta el cura párroco, quienes tienen una cofradía de cazadores que disfrutan asesinando animales que, después, cobran venganza. Solo al final de Sobre los huesos de los muertos se devela el misterio, en una novela policíaca que establece cambios mágicos, pues la profesora-narradora en primera persona es también intérprete del destino.
Basada en la lectura de los planetas, les advierte a los investigadores que las pistas están no solo en el lugar donde han ocurrido varias muertes, que ella no duda en calificar de asesinatos, pues señala “una muy rara colocación de planetas, con tanta mayor convicción lo someto a la atención de la Honorable Policía. Me permito adjuntar ambos horóscopos, en la esperanza de que serán consultados por el astrólogo oficial de la policía, y que este corroborará, por lo tanto, mi hipótesis” (p. 184).
Obviamente, los sabuesos desestiman las advertencias de la profesora Duszejko y siguen sus pesquisas de acuerdo con lo que les enseñaron en la academia de inteligencia. Allá ellos.
El paisaje que une a Polonia con Chequia, y que alguien dividió con una línea fronteriza, es descrito por Olga Tokarczuc con una destreza que los lectores podremos decir que conocemos la zona como si hubiéramos vivido allí. Como si hubiéramos huido de allí y recordáramos con nostalgia cada centímetro del suelo húmedo, cada olor del bosque fresco, cada color de una hoja, cada movimiento de un corzo. Y con ella, podremos concluir también: “Pero aún me queda bastante tiempo” (p. 299).



Olga Tukarzuk. Sobre los huesos de los muertos (2009).
Traducción de Abel Murcia.
Edición de Editorial Océano de Colombia (2019).



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20 enero 2020

Cuando mi padre "suplantó" a Otto Greiffenstein

 Otto Greiffenstein

Luis Correa Hoyos

Por Javier Correa Correa

El avión había despegado del aeropuerto Olaya Herrera, a primera hora de un lunes, en Medellín. En Medellín había nacido Otto Greiffenstein, en 1923, según un reporte periodístico, en la avenida La Playa. Curioso lugar para nacer, en una avenida. Pero de raro no tiene nada, pues Luis Correa Hoyos, mi padre, decía que había nacido en el Parque de La América, también en Medellín, en 1920.
No se conocieron  personalmente, pero eran igualitos. No solo en lo físico, sino que, por ejemplo, a ninguno de los dos le gustaba la literatura de García Márquez. Sus razones tendrían. El hecho de ser muy parecidos facilitó la suplantación, con la complicidad de los colegas de Otto Greiffenstein, el día en que el avión decoló de la capital de la montaña, con rumbo a Bogotá.
El programa Sábados felices, que durante tantos y tantos años ha sido transmitido por televisión, con el nombre de Lleva una escuelita en tu corazón realizaba campañas en todo el país, para recaudar fondos a fin de construir y dotar instituciones educativas. Varios de los actores habían estado visitando un pueblo antioqueño y a su regreso a la capital del país los demás pasajeros los reconocieron. Cómo no hacerlo, si además estuvieron echando chistes todo el tiempo que duró el vuelo. Y aunque no había trabajado en ese programa, Otto Greiffenstein era reconocido nacionalmente por su participación en otras comedias, como Yo y tú, una de las más emblemáticas y que nadie se perdía los domingos en las noches.
Mi papá, a quien le encantaba montar en avión, no desperdició la oportunidad para unirse a la fiesta aérea. Alguien pensó que se trataba de Otto Greiffenstein, y le pidió un autógrafo. Los integrantes del elenco de Sábados felices ya firmaban papeles con dedicatorias a los papás, las mamás, los hijos, las hijas y hasta las suegras de los pasajeros. Jacqueline Enríquez, el hombre caimán, el flaco Agudelo, el mocho Sánchez, Óscar Meléndez, Enrique Colavizza y el mismo Alfonso Lizarazo le hicieron señas a mi papá, autorizándolo para la suplantación. Así que, con una sonrisa, del bolsillo izquierdo de su saco de paño extrajo un lapicero y empezó a firmar: “Con cariño, Otto”.
Como uno de los mejores chistes de su vida, Luis Correa Hoyos, mi padre, llegó a casa a contar el cuento de la suplantación. Seguro que Otto Greiffenstein se enteró y soltó una elegante carcajada. Los que probablemente sonreirán hoy serán quienes conservan en viejos álbumes familiares la firma plasmada “con cariño” por Otto.

27 agosto 2019

Las horas suspendidas, poemas de Nathalie Handal

Directa, contundente, nostálgica. Así es la poesía de Nathalie Handal, quien vive en el continente americano, en el éxodo producido por un Estado invasor a la histórica Palestina.
Directa, contundente, nostálgica. Así es Nathalie Handal, quien ha vivido en varios países, luego de que un ejército de ocupación llenara los aires con banderas blancas y azules manchadas de sangre.
Directo, contundente, nostálgico. Así es cada verso de esta mujer, quien con sus azules ojos árabes escudriña en cada hora de la historia de hace años, de la historia de hace meses, de la historia de hoy. 
Son tiempos suspendidos, son horas suspendidas, a la espera de que los olivos escuchen la voz de quien algún día -Ojalá, como dice uno de sus poemas- pueda caminar tranquila por las calles de su natal Belén.
Hoy, son sus poemas los que caminan suspendidos en la palabra árabe, inglesa, castellana... 
Nathalie Handal piensa, siente, habla, escribe, se pregunta a sí misma, le pregunta al otro, con la cadencia de versos que contienen heridas y dolores y amores y sueños.
Dice, por ejemplo:
"Ahora que hemos contado
las estaciones del exilio
y ya no nos preguntamos
si el llanto es nuestro o de los pájaros".
Dice también, ahora en prosa poética:
"Los lugares santos ahora están quemados. El muchacho que conocí se ha ido. Mi madre no me dirá dónde. Ummi, grito ¿por qué algo tiembla dentro de mí? Ella me mira. Sabe que el temblor que ha albergado toda su vida ahora es mío".
Sueña Nathalie Handal, digo, y yo me doy la licencia de compartir sus sueños, llenos de poesía y de esperanza.