javiercorreacorrea

Escritor, ensayista, comunicador social – periodista, docente universitario, nacido en Barranquilla (Colombia) en 1959. Primer finalista en el Concurso Nacional de Novela del Instituto Distrital de Cultura de Bogotá, con La mujer de los condenados (2001). Ganador del Concurso de Novela Corta del Taller de Escritores de la Universidad Central, con Si las paredes hablaran (2006). Autor de más de 50 cuentos cortos, algunos ganadores de premios nacionales.

29 octubre 2018

La libertad es mujer

Transcurrieron 20 años desde cuando falleció en Bogotá Fernando Ponce de León, para que por fin fuera presentada por primera vez su obra La libertad es mujer, por parte del grupo de teatro de la Universidad Central.
Bajo la dirección de Gustavo Orozco González, 19 actores estuvieron durante dos noches del fin de semana en el Teatro México, recreando la sátira a los dictadores, los politiqueros, los periodistas, los estudiantes, los soñadores que enloquecen o se hacen más cuerdos, y el pueblito, ese pueblito que siempre es engañado y se deja llevar por el vaivén de las promesas, siempre, también, incumplidas.
En 1961, el mismo Fernando Ponce de León publicó en su editorial La libertad es mujer, en la que recogió lo vivido durante la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla, a la que siguió la dictadura civil del Frente Nacional y a la que han sucedido otras, que no han concluido. La situación es igualita. Fernando Ponce de León era o un perfecto observador de la perversidad del poder o un visionario de la terrible noria en la que seguimos atrapados.
El inconformismo del populacho, mezclado con la resignación, es aprovechado por políticos que se identifican con corbata azul, uno, y con corbata roja, otro. Pero son igualitos, se visten igualito, hablan igualito. Y actúan exactamente igual. 
En 1961, fueron caracterizados así por Fernando Ponce de León en La libertad es mujer. Hoy no necesariamente usan corbatas azules y rojas, sino que las mezclan con amarillas, verdes y otra variedad de colores que hacen pensar a los incautos del siglo XXI que las cosas han cambiado. O, lo que es peor, que han mejorado.
La puesta en escena tiene algunos vacíos, entendibles por tratarse de actores no profesionales del grupo de Bienestar Estudiantil de la Universidad Central, pero la obra tiene tanta fuerza interior que es fácil dejarse llevar por el juego de luces que divide el escenario en dos y conduce a los espectadores a estar atentos. Algunos se atreven a soltar carcajadas no muy sonoras, en momentos de dramatismo sumo. Hasta en eso acertaron Fernando Ponce de León y Gustavo Orozco González en La libertad es mujer: en mostrar la tragicomedia de esta Colombia inmarcesible.
La obra toda de Fernando Ponce de León (1917-1998) es invaluable. Y es obligación de los editores rescatarla. Y conocerla constituye un gran reto para los lectores.
Así hayan transcurrido 20 años desde cuando la pluma de Fernando Ponce de León se apagó.
Crédito de la foto: Departamento de Comunicación y Publicaciones, Universidad Central.


17 septiembre 2018

Los espíritus están ofendidos

Paisajes exuberantes, frases contundentes, diálogos precisos, una edición que conduce en el ritmo preciso, actores convincentes, una historia sólida, una dirección a cuatro manos -como en los clásicos-, un lenguaje polifónico, un final que ya conocíamos por experiencia propia pero que no deja de sorprendernos. Todo eso es Pájaros de verano, la película colombiana que lleva varias semanas en cartelera -y eso también es como raro en este país-, no solamente por su calidad cinematográfica sino porque está nominada a los Premios Oscar y ese es un atractivo para los teatros que siguen viendo sus butacas con buena cantidad de público.
Pero es mejor en orden: dos horas y cinco minutos, sin truculencias ni efectos especiales, son suficientes para contar la historia de una familia wayúu que es permeada por la bonanza marimbera de los años sesenta y setenta, lo que agrede y rompe no solo los valores culturales de ese pueblo guajiro, sino de toda una sociedad que se hace la de las gafas para ignorar los efectos de los negocios ilícitos. Para ignorar, supuestamente, pues para disfrutar sí es posible quitarse las gafas. Y no hablo únicamente de la península del norte, sino de todo el país e, incluso, del mundo entero. "La marihuana es la felicidad del mundo", dice uno de los personajes, cuando el problema todavía no era problema.
No faltarán los que se rasguen las vestiduras para decir que Cristina Gallego y Ciro Guerra "están haciendo quedar mal", "proyectando una imagen exagerada" de esta Colombia inmortal. Pero la realidad es así. Aunque se supone que Pájaros de verano es ficción, no lo es.
Productores de Colombia, México, Francia y Dinamarca se sumaron para esta película, lo cual, desde antes de empezar a rodar, implicó que las fronteras dejaran de existir. Y para que las lenguas se fundieran, pues el español y el wayúunaiki se suman para darles continuidad a los hechos, a los que se agrega el lenguaje de las balas, que acalla las voces, las conciencias, las vidas. A eso nos hemos acostumbrado. Y Pájaros de verano quiere despertarnos, así una joven mujer diga, desde lo más recóndito del alma, "no quiero volver a soñar". 
Carmina Martínez, José Acosta, Jhon Narváez, Natalia Reyes, José Vicente Cote, Juan Martínez y Greider Meza son algunos de los actores de la película que es promocionada como "espiritual, gánster", no sé quién fue el publicista que se inventó esa vaina, pero creo que es un desacierto. Así haya gánsters.
Porque, y es una de las virtudes del film, se respeta profundamente la cultura, la espiritualidad del Pueblo Wayúu, que se expresa con símbolos permanentes, como los pájaros que caminan y vuelan y se posan en ramas de arbustos, para actuar -también- como hilos narrativos.
La verdad es que me importa un bledo si la película logra algún Premio Oscar. Lo que de verdad me interesa es que es bien lograda, bien narrada, con lógica, con magia, con fuerza. Como debe ser.

Corto de Pájaros de verano




11 septiembre 2018

Una alameda en Santiago


Fue la que podría llamarse mi primera rabia política, que me marcó el resto de la vida. Recuerdo el día: martes 11 de septiembre de 1973, aunque no sé la hora. Tengo la certeza de que era el primer experimento de hacer la revolución a las buenas, sin balas, como se dice que son las democracias. O la democracia, vaya uno a saber si es una sola, como me dijeron después en el colegio y la universidad. Aunque esa supuesta democracia fue fruto, precisamente, de un alzamiento armado al frente de la cárcel de la Bastilla. Pero eso es historia más remota y su final no se puede decir que haya sido muy positivo, si piensa uno en ese espantoso aparato de la muerte llamado guillotina o en la autoproclamación como emperador por parte de un tipejo que escondía su mano en la casaca.
Mi padre había vivido en Santiago de Chile y siempre hablaba de la belleza de ese país, de los Andes, de la facultad de Medicina que abandonó para regresar a Colombia y casarse con mi mamá. Así que sus anécdotas, contadas con alegría y un brillo especial en los ojos, me habían convertido, de alguna manera, en chileno.
A mis catorce años, poco había yo escuchado del presidente Salvador Allende y de su compromiso con la revolución. Vine a saber después, cuando los traidores bombardearon el Palacio de la Moneda y lo mataron. Así él haya disparado la bala postrera, lo mataron. Yo llegué del colegio a la casa y encontré a mi hermano Fernando, Menandus, llorando frente a la radiola, un hermoso mueble del que salían terribles noticias.
–Están bombardeando –decía, y tuve que preguntar qué.
–El palacio presidencial en Chile. ¡Oigan!
La transmisión radial era, sin duda alguna, terrible. Los aviones de guerra dejaban una estela de sonidos aterradores, tanto en el aire como en la tierra, donde caían las bombas destinadas a matar chilenos. Los pilotos eran chilenos, también.
Se oía como en las películas en las que los gringos eran los buenos, aunque ahora habían elegido títeres para disparar ráfagas de mortíferos proyectiles de verdad. Y no se trataba de una película, aunque sí era de terror.
Menandus seguía angustiado y su angustia crecía cada vez que una bomba explotaba en los parlantes de la radiola. Él se levantaba, caminaba, manoteaba y le narraba a mi mamá lo que sucedía en la cercana Santiago de Chile.
La voz ahogada de un hombre hablaba de una alameda, poco antes de morir. Poco antes de morir él y de morir las alamedas en Santiago. El experimento de la revolución pacífica había muerto, el martes 11 de septiembre de 1973. Murió también Víctor Jara. Y murieron miles y miles de personas que creían que sí era posible un mundo mejor. Un mundo en paz. Un mundo sin hambre. Un mundo como el que merecemos.
No sé qué dijo mi padre cuando llegó a casa. Sé que mi hermano mayor, Menandus, había llorado. Tal vez fue ese día cuando decidí que un mundo mejor, en paz, sin hambre, como el que merecemos, había que conquistarlo. 

(Del libro Anecdotario de mis guerras, en proceso de edición)

29 agosto 2018

Al margen de una poeta samaria


A una poeta, si se la conoce, se la conoce dos veces. A María Teresa Escobar De Andreis, Mary, la conocí hace un mes en Santa Marta, a donde fui a decirle adiós a Pompo, un amigo mutuo, muerto cuando les cumplió a los sueños que él no pudo alcanzar. Pero ese es otro cuento. U otro poema.
La segunda vez que conocí a María Teresa Escobar De Andreis fue hace una semana, a través del poemario Al margen, publicado casi sin que ella se diera cuenta, pues no le gustan esas vainas de la fama, las entrevistas, las fotos, las reseñas, la demanda de tiempo para atender periodistas y amigos. Aunque a los últimos sí los recibe con grande afecto, pues, como el también caribeño Gabriel García Márquez, ella escribe para que los amigos la quieran más. Y para quererse a sí misma. O para dejar plasmado en palabras sobre papel lo que quiere, lo que teme, lo que anhela.
A María Teresa Escobar De Andreis se la puede conocer dos veces, porque ella nació dos veces. Es que ya murió una vez, en un accidente de tránsito, que sería redundante calificar de absurdo, pues todos lo son.

Yo ya morí una vez
Nada más valioso
que una mujer anterior
y una lenta convalecencia
para quien creyó morir un día:
14 de marzo de 1994.
Cuando las alas de la muerte
nos han rozado
lo que parecía importante
ya no lo es. Se empieza a ver.
La vida se muestra al desnudo. 
El vestido que nos cubría
se cuartea dejando ver esa otra
que escondía nuestro rostro,
esa que el evangelio no quiere que seamos,
la misma que la religión intenta eliminar.
Desde entonces amé en verdad
a ese ser primario, resucitado, 
a esa otra verdadera
que acabó de nacer en mí.

Renació. Ama a José, a quien describe como "el mejor hombre del mundo". Él también la ama. Y amarla es su forma de escribir.
Al frente de su casa hay un templo con nombre de santa, y cada semana pasa sin mirarlo, camino al mar, a donde va a revitalizarse los domingos, religiosamente.

El mar, el mar, el mar
Dios que enseña los dientes y
a mordisquear el placer sin remordimiento,
a acariciar la piel del sol
sin la presión colérica de una larga culpa
que nos oprima,
a consumir sin medida ni aspavientos
el vicio de aspirar y beber
con lengua, boca y voluntad
los benditos y pecaminosos pensamientos
que provienen de la razón y de la sinrazón
y de los latidos que nos impulsan.
Bienpensados sean los sentimientos
que empujan los sentidos a elevarse
sin tener que pedir perdón.

Son 74 poemas los que componen el libro Al margen, que será lanzado oficialmente el 13 de septiembre en el auditorio Madre Margoth Dávila del Claustro San Juan Nepomuceno, en su natal Santa Marta. De modo que me adelanto a la fecha, sin permiso de María Teresa Escobar De Andreis, como a ella no le pidieron permiso María Margarita  Delgado Campo y Rosalba Rodríguez De la Sierra Escobar para publicar el libro, en una bella presentación de Ediciones Exilio.
En algunos casos, los títulos, como siempre, nos orientan a los lectores y, en otros, forman parte de los poemas, como un verso más, inseparable, rítmico, contundente. Se escribe a sí misma y nos escribe a los amigos que charlamos al frente de su casa en bancas de madera, a los pintores, a los poetas, a los escultores. Y nos dice, en singular: "gózate cada obra con exceso y abuso./ Procura no decepcionar mis poemas".
Y se lo dice a sí misma:

¿Admiración o terror?
Odian o aman lo que escribo
No lo sé
Leen con pasión o con lágrimas
Tampoco lo sé
Me creen loca o lúcida
No tengo ni idea
Lo único que sé y estoy segura
es que es una mujer
pobremente rica
que cuando escribe
no lo hace por la sangre, por el cuerpo
o por la cabeza de un Cristo.
Decidida, no osa decir nada igual a las demás,
pero la voz que dibuja sus poemas
es el pálido rostro de muchas mujeres.

Escribe todos los días, guarda en papeles, en cuadernos, en una red social, sin esperar comentarios. Le importan un bledo. Pero sí se explica que "quizá mi mayor pena sería perder para siempre la palabra". Que siga escribiendo María Teresa Escobar De Andreis, a quien ahora, y en tan poco tiempo y tan pocas páginas, conozco un poco más. Es que, como pontifica desde la espuma de una ola, "el poeta es el único que sabe decir verdades".


13 agosto 2018

¡Qué aburrimiento!

Llegar a la oficina y confirmar que no han devuelto el disco duro del computador. No tener un libro a la mano. Tener, eso sí, una gripa espantosa -como todas- y muy poco ánimo.
Estoy en la universidad. Acabo de terminar clase vespertina y dentro de hora y media empieza la sesión con otro grupo. El tiempo pasa lento. Demasiado. Al punto que prefiero no mirar el reloj que me hace coquitos desde la muñeca de mi brazo izquierdo, que soporta con dejadez mi cabeza. Es la mano derecha la que dibuja irreconocibles figuras que deben ser letras y palabras, pero ni siquiera ahora mismo podría traducirlas. A lo mejor es lo mejor, porque de pronto se trata de galimatías escritos al azar, sin orden, sin secuencia, sin lógica.
Pero en algo debo ocupar este tiempo, pues de lo contrario sería más aburrido. Lo más probable es que cuando esté aliviado relea estas notas garabateadas sobre un cuaderno del Comité Internacional de la Cruz Roja que me regalaron hace como año y medio, y no había abierto. No es una figura retórica, me hago la aclaración a mí mismo y les advierto a los muy poco probables y desocupados lectores. De pronto alguien tan desocupado como yo, alguien tan aburrido como yo.
Igual, voy a seguir cubriendo renglones trazados con tenue tinta gris sobre papel blanco. También las líneas son monótonas y estrechas. Un total de treinta y dos en cada página. Ni yo mismo creo que voy ya en el renglón treinta y cinco. Eso me da ánimos. "Tú puedes", me digo. Y avanzo. Al ritmo del aburrimiento mismo.
Me acabo de poner como meta el seguir escribiendo hasta que sea la hora de irme al salón donde los estudiantes se habrán de alegrar de que yo esté enfermo y, por lo tanto, la clase terminará más temprano. Igual, ya el sol está recostado en el horizonte, las pocas y tenues sombras se alargan, y dentro de poco el cielo estará oscuro. Dudo de que alguien se fije en eso. La mayoría de las personas se dan cuenta de que ya es de noche cuando deben prender el bombillo en el techo o la lámpara. Y más tardecito, porque les da hambre. Y a la camita, como decía en televisión un muñeco de peluche, animado sobre un fondo oscuro, para que no se notaran las manos enguantadas de quien lo manipulaba. De eso hace muchos años y supongo que alguna vez lo vi en blanco y negro cuando estaba -yo- enfermo y mi mamá me daba aguapanela caliente con limón. Me ponía a sudar como un trabajador en un cañaduzal a las doce del día en el Valle del Cauca. Debe ser que vi ese programa en Cali porque allá fue mi crianza, antes de venir a vivir a Bogotá, donde todavía insisto en andar medio desabrigado. ¡Y tome! Por eso me dio gripa. Lo intuí pero me las di de adolescente que todo lo resiste.
El tiempo ha transcurrido, qué maravilla. Ya no miro por la ventana, sino que reviso el reloj en la mano izquierda. Completo mi indumentaria para irme al salón de clases y dejo estas líneas abiertas por si algún día me da por revisarlas. O por si alguien con más aburrimiento que yo decide empezar y terminar de leerlas.


30 junio 2018

Literatura, religión y bendición a la guerra


Una de las frases que animan a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, para que en la batalla definitiva expulse a los marroquíes que durante ocho siglos han vivido pacíficamente en la Península ibérica, es: "Delan' Mio Cid, /(é delant todos) ovistete [genial] para alabar que matáras al moro". 
La frase forma parte de la epopeya anónima Cantar de Mío Cid (1200), que narra la forma como los castellanos se deshicieron de los africanos, que al ser vencidos militarmente cruzaron el Mediterráneo y regresaron a la tierra de sus ancestros.
Curioso es que Cid significa Señor, en árabe. Y aunque podría catalogarse como lo que hoy es un mercenario, desde finales del siglo XI Rodrigo Díaz de Vivar es considerado un héroe nacional en España y varios monumentos testimonian su paso por este mundo.
Es uno más de los centenares de ejemplos de la forma como la literatura ha sido puesta al servicio de causas políticas y militares, con la excusa de la religión. Se suponía que después de ochocientos años, los musulmanes se habían convertido en una amenaza para la consolidación del catolicismo. O para la formación de lo que después serían las Naciones, siglos después: Portugal (que también expulsó a los moros), España, Francia, Alemania, Italia...
Sin ánimo ideológico, el muy querido José Saramago narra en una de sus maravillosas obras, El cerco de Lisboa (1989), la forma como los lusitanos también sacaron a los moriscos, tras contar con el apoyo de toda Europa. Saramago, con su inconfundible humor, escribe una novela, en la que un corrector de estilo agrega un "no" a la solicitud de ayuda del rey portugués a sus colegas –y familiares– de otros reinos cristianos. La historia, sin duda, habría sido otra. Pero eso es, precisamente, ficción.
También en España, la que es considerada la más importante obra de la literatura española y una de las más destacadas de la literatura universal, es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605), de Miguel de Cervantes Saavedra.
Además de haber sentado un hito en las letras universales, con la que es considerada la primera novela, y de haber roto el hilo de las novelas de caballería, Cervantes aclara que se trata de una obra de ficción y que si los lectores se arriesgan, encontrarán algo que no es cierto. Pero sí, creíble. Utiliza un juego de palabras y crea un supuesto historiador, Cide Hamete Benengeli, y vuelve a aparecer allí el Señor árabe, el Cid(e). El problema es que emplea dos argumentos para descreer la historia: primero, que hay un montón de manuscritos rescatados de un naufragio. Están incompletos, por lo que Cervantes se ve obligado a llenar las páginas que faltan, y, por lo tanto, no se puede creer todo lo que allí se diga.
Segundo, y más grave aún si de política e ideología hablamos, es que dice que los originales, por ser de un musulmán, son falsos. Aduce que todos los musulmanes son mentirosos y los lectores creen. Le creen a él, a Cervantes, quien supuestamente tenía experiencia en ese aspecto, pues había estado preso en una cárcel musulmana, después de haber sido herido y capturado en la batalla de Lepanto (1571). Batalla que fue librada por varios reinos europeos contra los musulmanes del Imperio turco-otomano. 
Las cruzadas, que se prolongaron varios siglos, dizque para liberar de los musulmanes la tierra de Cristo. Cuando, en el fondo, buscaban asegurar las rutas comerciales entre Europa, Asia y África. 
Pero sigamos. Demos un salto a la Rusia del siglo XIX, cuando uno de los clásicos de la literatura universal, León Tolstói, escribió una de sus obras cumbre, Ana Karenina (1877). ¿Qué tiene que ver con las guerras supuestamente religiosas? Resulta que después de la muerte de Ana, su amante, el conde Wronski, parte para la guerra en Serbia, en defensa del paneslavismo, otra vez contra el Imperio turco-otomano. Dice un personaje que "no se trata de una guerra, sino de una demostración de simpatía cristiana. Si asesinan a nuestros hermanos, y no solamente a los hombres, sino a las mujeres, niños y ancianos, es natural que el pueblo ruso se indigne y vuele en socorro de sus correligionarios, decidido a poner término a estos horrores (Tolstói, 2001, p. 642).
Y cuenta el modus operandi, al decir que "Los sacerdotes reciben la orden de hacer un llamamiento. La gente escucha con atención, pero sin comprender una palabra y lanzando suspiros como cuando oye un sermón" (Tolstói, 2001, p. 643).
Pocos ejemplos, no se sabe si fueron concebidos con la oculta intención de hacer propaganda político-religiosa. Pero a fe que lo hacen. Una breve mención a El mercader de Venecia, en el que William Shakespeare salva a un buen cristiano de las garras de un mal judío.
Faltaría ver cuántas obras más han sido escritas en las nuevas "cruzadas" de los siglos XX y XXI, por parte de los cristianos "buenos" contra los musulmanes, los "malos" del paseo.

Bibliografía:
Anónimo (1200 [1952]). Cantar de mío Cid. Buenos Aires: Editorial Atlántida. 
Cervantes Saavedra, Miguel de (1615 [2001]). Don Quijote de la Mancha. Barcelona: Círculo de Lectores S. A.
Don José Amador de los Rios (1863). Historia crítica de la literatura española, volumen III. Madrid: Imprenta de José Rodríguez. Disponible en https://books.google.com.co/books?id=VtBJAQAAMAAJ&pg=PA183&lpg=PA183&dq=ovistete&source=bl&ots=kyOiXYW5ro&sig=OdZm4XXV5YRpPIL2qBraCQ9UBxk&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiUoPDErPzbAhVMq1kKHQ0kBQsQ6AEILDAB#v=onepage&q=ovistete&f=false 
Saramago, José (1989). Historia del cerco de Lisboa. Lisboa: Editorial Caminho.
Tolstói, León (1877 [2001]). Ana Karenina. Buenos Aires: Editorial Clarín. 



21 mayo 2018

Israel, ¿cómo has podido olvidarlo?

De Roger Waters:
No puedo expresar adecuadamente mis sentimientos en este "Día de la Nakba".

Mis sentimientos de profunda tristeza por los que fueron llevados de sus hogares bajo amenaza de muerte hace setenta años.
Mis sentimientos de compasión por las afligidas madres, padres, hermanas, hermanos, tíos, tías, grandes padres abajo, todos estos años.

Mis sentimientos de desprecio absoluto por potus e ivanka y kushner y adelson y el resto de esa odiosa y mortal tripulación.

Mis sentimientos de amor por mis hermanos y hermanas en Palestina y todos los refugiados palestinos en todas partes.
Mis sentimientos de amor por todos mis hermanos y hermanas judíos, especialmente en JVP. Veo quién eres, podría llorar hoy por tu inquebrantable humanidad.

Mis sentimientos de admiración sin límites para toda la gente de Gaza y la ribera occidental por su heroica resistencia no violenta a la brutal ocupación israelí

Mis sentimientos de gratitud hacia Sudáfrica, Turquía y la República de Irlanda para, este día, retirar a sus embajadores de Tel Aviv en protesta por la matanza de los inocentes.

Mis imponderable sentimientos de lástima por Israel.

Israel, ¿cómo has podido olvidarlo?