A los topos mexicanos, con toda la gratitud Es muy probable que este sea el último cuento que escriba. Y, como muchos otros, tal vez nadie lo lea. Es también una crónica, un testimonio personal. De modo que, como soy el escritor y el lector al mismo tiempo, he cumplido el objetivo. Puede ser, incluso, una terapia para tratar de embolatar el tiempo durante el que permanezco cautivo entre las paredes húmedas de lo que fue un baño, algunas de cuyas baldosas se han desprendido y forman montículos que con los pies descalzos he ido empujando de a poco, en realidad no estoy seguro de en cuánto tiempo ni hasta dónde, pues el espacio es bastante reducido. Apenas quepo yo. Los he corrido para poder estirar las piernas, los brazos, mover el cuello. No me puedo poner de pie, a duras penas me muevo en cuclillas. Pero algo es algo. El primer día, además de las baldosas, cayó una buena cantidad de agua en lo que era el espacio de la ducha. Con una toalla y baldosas despren...
Le doy la bienvenida a Anairda Castor, la lectora y escritora colombiana, con quien visité Ciénaga y Aracataca, en la búsqueda de la magia de García Márquez. Por Anairda Castor Estaba ahí, esperándonos, imponente, con sus ocho columnas y blanca altura románica, en su plaza, la Plaza del Templete, en Ciénaga. Iluminado por el sol que se ponía en su pináculo, nos atrajo con fuerza hasta su centro. Fue ahí, en ese punto, donde descubrimos los ocho ejes, de cada uno de los cuales se desprendía una calle hacia el pueblo. En el eje principal se erguía la iglesia con su hermosa cúpula que rasca el cielo, y a la izquierda, la casa de la municipalidad. El resto de sus ejes diagonales se internaban entre las casas y construcciones de donde iban saliendo sus habitantes para dar vida y llenar de música a la plaza, en esa tarde de sábado. Una de esas diagonales nos mostró la ruta hacia nuestro destino: Aracataca, en busca de todo aquello que engendró a tantos personajes literarios en la mente...