A Felipe Sandoval Correa Hace frío. Mucho. Enciendo la chimenea que había permanecido apagada durante los dos últimos meses. Leña hay de sobra, recuperada de la estructura de un viejo escritorio de cajones rayados y oloroso a memoria vegetal, destrozado a martillazos, como si se tratara de una demolición con una almádena. Hay trozos de varios tamaños, que nutren las llamas tímidas. Chisporrotean y truenan. Las lenguas de fuego cabalgan. El humo se compacta en el buitrón y asciende tras aceptar feliz la invitación que le hace el domo del espacio sin nubes, adornado por la misma luna que hace cuatrocientos años iluminó la senda de un hombre algo mayor y delgado hasta el cansancio, y de otro más joven e iletrado que no paraba de plantear maravillosas y sabias disertaciones sobre lo divino y lo humano. Pese a su mala experiencia en asuntos de lo que hoy llaman administración pública, estoy seguro de que habría sido un excelente gobernador de una isla. Volvamos a esta noch...
Tomo prestado el título de estas líneas, del libro de un amigo. Rysard Kapuściński decía que para ser periodista hay que ser buena persona. Estoy seguro de que esto aplica también para quienes queremos jugar en serio a ser creadores literarios. Son muchos los ejemplos de quienes han continuado su camino con la palabra y con la humanidad. La palabra que registra la realidad y la palabra que la recrea. Se me vienen rapidito a la memoria el mismo Kapuściński, Gabriel García Márquez, Marguerite Duras, Ernest Hemingway, Svetlana Alexievich, Albert Camus, José Saramago, Laura Restrepo. La lista es muy larga. Menciono esto porque con timidez yo empecé mi diálogo con las palabras en el periodismo y también lo hice al escribir hermosos poemas infantiles dedicados a la mamá, que con florecitas coloreadas en tarjetas en cartulina le entregaba a la más orgullosa en el Día de la Madre. La verdad es que todas son las más orgullosas y cada hijo, edípico. Que vengan Freud, Jung y Laca...