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Rosario Charo Ramírez, poeta y antropóloga mexicana que visitó Colombia hace una semana acompañada por la también poeta y arquitecta Jacinta Ceballos, orgullosa y generosa me obsequió el libro de su hija.

El prestigio de las damas locas y los niños solitarios es el ejemplar de Athena Fénix, la hija de Rosario. Productora, tarotista, editora, locutora y poeta nacida en Morelos en 1982, le agregó a su nombre el Fénix, porque su casa fue reducida a cenizas y permanecieron como testimonios informes algunos vidrios derretidos. De sus libros, sobrevivió el recuerdo. Ah, y permanece la decisión de seguir platicando consigo misma y con las eventuales personas que la leyeran. Para esas pláticas, ha publicado cuentos y poemas.

El más reciente libro es el que acaba de llegar a mis ojos. Me atraparon versos como:

Has muerto

            y volviste con los que antes no vaciaste

Has vuelto

            a caer en trampas antiguas.

 

O el siguiente

Ya nadie escucha el pasar del tiempo

            sin imaginar un segundero.

 

Y también

Esta mosca de tanto acercarse a la luz

            se hará luciérnaga

 o morirá en el intento.

 

Leí con vértigo las cuarenta y dos páginas del poemario. ¿Se trata, en verdad, del prestigio de las damas locas y de los niños solitarios? Son poemas distantes y son versos que emanan de la conciencia y fluyen de una generación a otra, de un país a otro. No había tenido oportunidad de leer a Athena Fénix, y como –reitero– la literatura es para que quienes escriben y quienes lean dialoguen –platiquen–, le respondo que este libro me brindó versos fascinantes.

Un libro que cruzó la frontera entre México y Colombia. ¿Cruzó? Como si entre los aztecas y los muiscas hubiera fronteras. Como si la literatura tuviera fronteras.

Ahora, a hacer fuerza para que más títulos y más ejemplares de Athena Fénix borren las fronteras falsas de los países y lleguen a Colombia. Como el poema VII de la segunda parte del tríptico:

Al fin

terminaremos de peregrinar, dice el loco

que camina con los zapatos en la mano

con la chamarra en la cintura

con un sombrero que le teme al sol.



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