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En Argentina. Taty Almeida: “Las locas seguimos de pie”

 


Nunca se supo qué le pasó a Nohora Jordán de Elián, una madre de dos hijos que, al empezar la tarde de un caluroso día en el sur de Cali, Colombia, fue secuestrada con una amiga, por allá en el año 1984.

Hace poco se conoció qué le pasó a Nydia Érica Bautista, secuestrada el 30 de agosto de 1987 en Bogotá. Militante del M-19, fue detenida, torturada y asesinada por uniformados del Ejército. Sus restos fueron recuperados mucho tiempo después y este año de 2026 su crimen fue catalogado como de lesa humanidad, esto es, que atenta contra la humanidad entera.

Según la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), a fines del año pasado la cifra de detenidos-desaparecidos en Colombia era de 132.877, en una lista que encabeza Omaira Montoya Henao, detenida por la Policía en Barranquilla el 9 de septiembre de 1977.

La desaparición forzada ha sido una brutal estrategia de guerra, generalizada en los países de la América total. No se sabe cuántas mujeres, hombres, niños, niñas han sido secuestrados y desaparecidos, y son tantas las personas que se convierten en dígitos que les arrebatan la esencia humana.

Por eso, al conmemorar el 24 de marzo los 50 años del golpe militar en Argentina, miles y miles de personas marcharon en pueblos y ciudades de todas las provincias, así como en Buenos Aires, acompañando a las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo y enarbolando carteles con las fotos, los nombres, las historias de los 30.000 desaparecidos a manos de la dictadura.

https://www.instagram.com/reel/DWSFJOVEd6I/?igsh=a3pzMDk0OGQ1MTc= 

Uno de los oficiales de más alto rango “explicó” en una entrevista que no los podían fusilar porque eran muchos y el escándalo mundial habría sido muy grande. Así que los enterraban en socavones de cal, en desiertos, en donde fuera, o los botaban al mar, drogados para que no se defendieran. Lo hacían los jueves, vaya uno a saber por qué, y algunos cadáveres eran arrastrados a las playas y los volvían a botar al mar, para que nadie pudiera recuperarlos.

Esperaban que las embarazadas parieran y después de asesinarlas, de desaparecerlas, les robaban a los hijos y a las hijas y se los repartían para educarlos con los más sagrados valores religiosos y democráticos.

Valientes, dignas, las abuelas de los bebés empezaron a reclamar en la Plaza de Mayo, y como les prohibieron que marcharan, caminaban en parejas, hermanadas por la dignidad y la terquedad. Las retenían, las multaban, pero volvían a caminar en círculos, cada semana. Cuando los “hijos de los militares” empezaron a sospechar de sus orígenes, ellas les colaboraron para comparar las muestras de ADN que permitieran develar sus identidades. 140 nietos y nietas han podido reencontrar a sus familias verdaderas, y los asesinos fueron juzgados. No todos. Siguen buscando a más de 300 hijos e hijas, pues no todos han recuperado sus identidades y no todos los cómplices de la dictadura han sido juzgados. Muchos de los perpetradores y sus cómplices habrán muerto ya, no creo que con la conciencia tranquila.

Con sus pañoletas blancas, las Abuelas se convirtieron en símbolo mundial de la resistencia. Sobreviven tres de ellas, que siguen marchando incansables. No lo hacen solas. Miles y miles de personas dentro de la Argentina y otras en el exilio también se expresaron para reivindicar a quienes se trató de borrar.

Y como dijo Taty Almeida, la hermosa y gigante abuela de la Plaza de Mayo, “La posta la hemos pasado a quienes van a seguir haciendo memoria, verdad y justicia social, nunca por mano propia. A pesar de los bastones y la silla de ruedas, las locas seguimos de pie”.

Proclamas, poemas, canciones, monumentos, fotografías, películas siguen manteniendo vivos a los desaparecidos.  

Una de esas películas, una animación con el nombre de Muerte privada, fue hecha hace doce años por mi hijo Pablo Correa González, quien antes de llegar a Buenos Aires recorrió la senda de los desaparecidos en varios países. Una tardecita, en La Paz, Bolivia, una mujer asombrada pasó varias veces a su lado. Al final, se acercó y le comentó que él se parecía mucho a su hermano Marcelo, uno de los desaparecidos en Argentina. A Marcelo, alguien con nombre propio, está dedicado el documental, que es su historia en el sur y en el resto del continente. Y es también la historia de Nohora Jordán de Elián, de Nydia Érica Bautista, de Omayra Montoya Henao y de todos los que claman porque su historia no se repita ¡Nunca más!


El siguiente es el enlace del video: Muerte privada

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