A los
topos mexicanos, con toda la gratitud
Es muy probable que este sea
el último cuento que escriba. Y, como muchos otros, tal vez nadie lo lea. Es
también una crónica, un testimonio personal. De modo que, como soy el escritor
y el lector al mismo tiempo, he cumplido el objetivo. Puede ser, incluso, una
terapia para tratar de embolatar el tiempo durante el que permanezco cautivo
entre las paredes húmedas de lo que fue un baño, algunas de cuyas baldosas se
han desprendido y forman montículos que con los pies descalzos he ido empujando
de a poco, en realidad no estoy seguro de en cuánto tiempo ni hasta dónde, pues
el espacio es bastante reducido. Apenas quepo yo.
Los he corrido para poder
estirar las piernas, los brazos, mover el cuello. No me puedo poner de pie, a
duras penas me muevo en cuclillas. Pero algo es algo. El primer día, además de
las baldosas, cayó una buena cantidad de agua en lo que era el espacio de la
ducha. Con una toalla y baldosas desprendidas, tapé el sifón para poder
reservar algo, no sé cuánto se va a demorar el corte del servicio o cuánto
tiempo permaneceré cautivo. La reserva me ha sido útil, he tomado de a poquitos,
pues no ha vuelto a caer ni por la tubería rota ni por las grietas en la pared.
No tengo idea cuánto puede vivir una persona sin comida y solo con agua.
Solo. No es un juego de
palabras entre el solo cuyo sinónimo es solamente, y el solo cuyo significado
es no tener a nadie al lado. El caso es que no tengo a nadie al lado y lo único
que tengo es agua, poquita, para sobrevivir.
Supongo que hay gente que me
busca, que presume dónde estoy. Y eso me permite sentirme acompañado. Aclaro,
de todas formas, que no es más que una presunción, no una certeza. Pues nadie
puede venir a decir “hola, cómo estás, vamos a dar una vuelta”. Lo único que
escucho a veces, y muy pasito, es “¿Hay alguien ahí? Si es así, dé golpes lo
más duro que pueda, raspe el piso con un metal, grite duro”.
Eso he hecho. Es más, escuché
que alguien más daba golpes contra las paredes, raspaba el piso con un metal,
gritaba. La contesté y dijo “gracias a Dios no estoy sola, usted dónde se
encuentra”. Reconocí la voz de una vecina del tercer piso del edificio, con
quien me he encontrado varias veces en el ascensor. Yo vivo en el sexto, y le
respondí a los gritos quién soy y dónde estoy. Escuché golpecitos cada vez más
espaciados y sin fuerza. Después, dejé de oírla y escucho el silencio.
Bueno, también en algunos
momentos oigo gritos en la calle, incluso motores de máquinas, como
excavadoras, taladros neumáticos, buldóceres, sirenas de bomberos y de
ambulancias, altavoces a través de los cuales dan instrucciones. A veces piden
silencio para tratar de escucharme a mí y a otras personas que estén en
condiciones similares. Es cuando hago más bulla, pues no pierdo las esperanzas.
Tengo hambre, tengo miedo,
tengo claustrofobia, tengo angustia. Pero también tengo la esperanza de que me
saquen de aquí. De que, cuando lleguen a mí, no sea demasiado tarde y los
rescatistas puedan alzarme con cuidadito y que la gente que esté alrededor de
lo que alguna vez fue el edificio aplauda y llore de alegría. Yo, estoy seguro,
voy a llorar.
También tengo otros temores.
No sé si la ciudad donde vivo solo fue la única que sufrió este terremoto o si
donde está mi familia también haya habido lo que he vivido yo. Es otra ciudad,
a decenas de kilómetros de aquí, pero no he sabido nada. Y supongo que ellos
tampoco han sabido de mí. Espero que, incluso, alguien haya venido a buscarme y
esté presionando a los rescatistas para que sigan explorando entre el montón de
piedras, cemento, polvo, muebles destrozados. Y espero también que ellos hayan
sobrevivido, ya dije que no tengo idea de si el terremoto aquí fue igual o peor
o menor que el de la ciudad donde están ellos. Quiero que hayan sobrevivido y
en algún momento nos encontremos.
Otra vez tengo ganas de
llorar. No tengo celular, ese se quedó en mi cuarto cuando corrí a refugiarme
en el baño. De pronto llaman y como nunca contesto se imaginan lo peor. Yo sí
me imagino lo mejor. Eso que llaman esperanzas, que nunca se pierden.
Silencio. Un momento. Acabo de
oír nuevos golpes y gritos. A mi lado, un pedazo de tubo roto del lavamanos me
sirve para golpear lo que queda de la pared. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco
golpes. “Sí, hay alguien”, dice un hombre con voz de adulto mayor. Me agarro a
golpear como un desesperado, a gritar de angustia y de alegría.
“Sí, hay alguien”, respondo.
Les doy mi nombre y dónde estoy, el baño del apartamento 603, el que daba a la
calle, el que tenía cortinas blancas de velo. “Silencio”, grita el hombre
mayor, con acento mexicano. “Dejen oír, hijos de la chingada”. Después se
disculpa, pero hasta yo entendí que le dé coraje con los bullosos.
Golpeo otras cinco veces
contra la pared. El hombre confirma que me ha escuchado. “Aguarda un tantito
más. Vamos por ti, muchacho”. Pero no puedo esperar un tantito ni un poquito
más, de modo que vuelvo a golpear. “Ya te oímos”, dice. Ahora soy yo quien lo
oigo deslizarse por entre los escombros, dar instrucciones para que le pasen
herramientas. Se queja de haberse lastimado, “pero no importa, ya estamos
cerca”. Otro que le dice “si quieres te relevo”, pero él contesta que no, que
todo va bien.
De pronto, desprende un
ladrillo de la pared y entra la luz, que forma un cono entre el orificio y el
baño, e ilumina mi cara. “Cierra los ojos, chavo, que tanta luz te puede
lastimar”.
Suelto una carcajada, pues yo
creía que lo que me podía lastimar era otro terremoto que empujara encima de mí
el resto de construcción que había sobrevivido. Que otras baldosas, ladrillos,
cables, tubos salieran disparados buscando mi cuerpo, como lo hacía la luz.
“Ya te vi. Cómo te llamas”.
El llanto que brota en oleadas
de mi garganta me impide responder. “Te sigo viendo, puedes llorar. Te confieso
que yo también estoy llorando, pero me toca disimularlo para darte ánimo”. Ambos
reímos. Nos acabamos de hacer amigos, de esos que son para toda la vida.
No debo olvidar el cuento. Que
no se me quede en la mitad de los escombros, del polvo, de la humedad del baño
que ya nunca más será baño. Les daré copias a mi familia y a mis amigos. El
original, así no se entienda bien la letra, se lo entregaré al topo mexicano.
Foto: news.sky.com

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