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Durante la tregua entre el M-19 y el Gobierno en agosto de 1984, el periodista, poeta y abogado Álvaro Burgos Palacios entrevistó a Carlos Pizarro Leongómez, tercer comandante del grupo guerrillero que se había acantonado en un paraje del norte caucano para, desde allí, lanzar sus propuestas de paz. En la entrevista, Pizarro contó un poco de su vida y reveló sus sueños, dentro de los que estaba morir tranquilo frente al mar Caribe, rodeado de sus mujeres: Margoth, la mamá; Laura, la compañera, y María José y María del Mar, las hijas.

Jorge Arturo Sanclemente, subdirector del periódico El País, de Cali, argumentó que la entrevista/crónica era apologética e impidió su publicación. De primera mano leí el original y confirmé que de propagandística no tenía nada. Nada. Era humana. Y lo humano es lo más político que hay. Por eso la censura.

Unos años después, cuando pude regresar a Cali y me encontré con Álvaro Burgos en su apartamento al pie del Cerro de las Tres cruces, le pregunté por la entrevista. “Por ahí debe estar, en una caja. Las consecuencias del divorcio, en el que se pierde todo”, bromeó con verdad. No volví a ver al amigo Álvaro, a quien un cáncer le había arrebatado los riñones, sin los que vivió ayudado con diálisis permanentes y después con una donación de alguien con quien seguro se encontró más allá para darle las gracias con su parsimoniosa educación de abogado. Álvaro falleció en 2011, en Cali, sin haber vivido un solo día en paz en este país que se engolosina con las guerras, como si fueran la berraquera.

La historia de Colombia que le cuentan a uno en el colegio es aburridorsísima: un montón de héroes y antihéroes, de buenos y malos, de mejores y peores. Por fortuna, cuando uno entiende un poquito más, se da cuenta de que no todos los héroes lo eran, y que muchos supuestos antihéroes fueron derrotados y por eso se les condena.

El siglo XIX en este país finalizó con una guerra llamada de los Mil días, y con el mismo conflicto empezó el siglo XX. El XXI sigue en guerra y uno se pregunta si vale la pena traer hijos para la guerra, pues no se vislumbra traer hijos para la paz. Un poco –o mucho– escéptico el comentario, o de pronto realista, de acuerdo con lo que pinta el futuro.

El caso es que acabo de leer un libro que empieza con la Guerra de los Mil días, en la que uno de los protagonistas del conflicto resulta ser abuelo de tres guerreros, pero ubicados en la otra orilla. Guerrilleros, para ser más preciso. El papá era un Almirante conservador y algunos radicales podrían tildarlo, de entrada, como uno de los malos. Pero el tipo era de una integridad y una ética que sirvieron de ejemplo a los tres que acabo de mencionar. Abuelo, padre, madre, tíos, primos a un lado del escenario, digamos que el derecho. Hermanos y amigos, al otro lado, digamos que el izquierdo.  

Dejemos a los amigos a un lado, como si se pudiera hacerlo.

Sigamos con la familia, llena de contradicciones políticas y de solidaridades humanas. Conocí a esa familia en la época en la que Álvaro Burgos entrevistó al comandante Carlos Pizarro Leongómez. Su familia, la de Carlos, no se dejó enredar con eso del lado izquierdo y el lado derecho del escenario. Y de esa familia escribió 607 páginas el periodista holandés Robert-Jan Friele, con el título de Los Pizarro. Una familia, tres generaciones y cien años de historia. Durante una década, realizó 150 entrevistas y revisó incontables documentos. El escenario es Colombia, claro, y aunque se presenta en detalle la vida de los protagonistas, en realidad la protagonista –más que escenario– es Colombia. Porque la historia de este país podría ser contada a partir de cada familia, con sus contradicciones, su pasado, sus dificultades, sus sueños.


Robert-Jan Friele

La primera generación es mencionada en el libro, que ahonda en la segunda, la tercera y la cuarta. La segunda es formada por el Almirante Juan Antonio Pizarro y su esposa Margoth Leongómez. La tercera, por los hijos Juan Antonio y Eduardo, quienes esquivaron la lucha armada; les siguen los guerrilleros Carlos (que en una época usó el seudónimo de Antonio), Margoth (Nina) y Hernando (Pescado), que sí participaron de manera activa y protagónica en la lucha insurgente. La cuarta generación sufrió los vacíos dejados por quienes le apostaron al país a costa de la cotidianidad de los hogares. Los de esta cuarta generación, hombres y mujeres, son unánimes al rechazar lo militar, desde una u otra orilla, pero siguen apostándole a un país en el que se pueda vivir en paz, pues una quinta generación ha empezado a sumarse a la familia, en este siglo XXI empequeñecido por las guerras de todo tipo.

Y como en cualquier familia colombiana, algunos empiezan a gatear, a hablar. Otros van a escuelas y colegios. Son menos los que apenas llegan a universidades, y esperemos que sean muchísimo menos los que se unan a una guerra. Cualquiera que sea.

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