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Quijotadas. Entre la magia y el realismo


Le doy la bienvenida a Anairda Castor, la lectora y escritora colombiana, con quien visité Ciénaga y Aracataca, en la búsqueda de la magia de García Márquez.


Por Anairda Castor

Estaba ahí, esperándonos, imponente, con sus ocho columnas y blanca altura románica, en su plaza, la Plaza del Templete, en Ciénaga. Iluminado por el sol que se ponía en su pináculo, nos atrajo con fuerza hasta su centro.

Fue ahí, en ese punto, donde descubrimos los ocho ejes, de cada uno de los cuales se desprendía una calle hacia el pueblo. En el eje principal se erguía la iglesia con su hermosa cúpula que rasca el cielo, y a la izquierda, la casa de la municipalidad. El resto de sus ejes diagonales se internaban entre las casas y construcciones de donde iban saliendo sus habitantes para dar vida y llenar de música a la plaza, en esa tarde de sábado.

Una de esas diagonales nos mostró la ruta hacia nuestro destino: Aracataca, en busca de todo aquello que engendró a tantos personajes literarios en la mente de su escritor de manera tan vívida que se mezclan con la realidad, en ese pase mágico de la pluma de Gabo al narrar sus historias, sus vidas, sus alegrías, sus dolores, su soledad por cien años.

Al llegar al pueblo donde nació García Márquez, lo primero que se percibe es ese hedor caliente de vidas pasadas, sus construcciones, casas caribeñas bajitas, oscuras en su interior en procura de algo de frescura, sus calles reverberantes de un sol abrasador, sus gentes descomplicadas y amables que van contando que ese pueblo palpita al son de un solo recuerdo: el del más grande e inmortal cataquero, el responsable de que este pueblo siga vivo, Gabriel García Márquez y, con él, todos los José Arcadios, los Arcadios, los Aurelianos, Úrsula, Amaranta, las Remedios y demás pobladores de su imaginación macondiana.

Y fuimos recorriendo cada calle con la calma y la calidez que nos contagiaron los habitantes, quienes nos daban bienvenidas con cada saludo espontáneo, e incluso después de varios días nos seguían dando  bienvenidas y saludando  con  amistosa familiaridad, al punto que empezamos a sentir que nos convertíamos en otros personajes dentro de los tantos personajes reales y mágicos, unos forasteros más que por estas tierras pasaron y se llevaron las mejores anécdotas de algunos habitantes que se acercaban orgullosos a contarnos  su cercanía con el escritor, lo mejor de cada  calle, de cada esquina, de cada árbol de almendra y de macondo que orondos  hacen guardia al camellón de los recuerdos.

Andando despacio a la carrera, entramos a la casa museo de Gabo. Al llegar al jardín, preguntamos por el castaño, pero ya no estaba: se había muerto después de absorber las emociones, los pensamientos, las locas y no tan locas ideas de los últimos años de José Arcadio Buendía, desde que decidieron atarlo a su tallo grueso para que no deambulara en su brillante chifladura. 

En lugar del castaño encontramos un octogenario pivijay, magnífico, que llena de sombra y frescura el espacio. Suerte tuvo José Arcadio Buendía de que este imponente ficus benghalensis no existiera en su tiempo, porque de haberlo amarrado a su tronco, habría sido devorado por las inmensas raíces que brotan lánguidas desde las ramas altas hasta fijarse en la tierra donde forman una enmarañada capa de impenetrable madera. Jamás habría podido salir de ahí y Úrsula no habría podido darle sepultura, nadie habría sabido que ahí yacía José Arcadio Buendía, a no ser por las extrañas flores amarillas que habrían comenzado a salir de entre las raíces hasta tapizar el patio, el jardín y a Macondo entero.

 

El Pivijay, en la casa Museo de Gabriel García Marquez, Aracataca, Magdalena.

Después de cinco noches creíamos que en cada día habíamos aprendido a conocer las costumbres cotidianas, los olores, los sabores y sonidos, pero fuimos sorprendidos la última mañana con la magia perseverante en el realismo de las casas.

Justo antes de que un tenue rayo de luz nos hiciera emerger de la onírica profundidad, una risita en wayuunaiki, apagada y traviesa, se colaba por debajo de la puerta, haciendo cosquillas sobre el lienzo de inconsciencia que cubría el sopor que precede el despertar. Entonces, desde el laboratorio, el trajinar de Melquíades con sus probetas y atanores se fue filtrando por las paredes, al tiempo que el silente aleteo de miles de mariposas en un zumbido amarillo fue despertando el deseo de Rebeca por comer de esa tierra, pero al intentar en vano arrancar la cal de las paredes de madera, se dio cuenta de que esta casa ya no era la misma de antes.

Finalmente, los ladridos cataqueros de varios perros nos forzaron a abrir los ojos, y descubrimos que todo aquello era la magia obstinada de Macondo. El realismo estaba en el maullido de un gato que insistía en hablar y reírse como un niño. La cacofonía no venía del laboratorio de Melquíades sino de la cocina donde el encargado preparaba el desayuno entre trastos desvencijados, el zumbido de alas de mariposas no era más que el ruido del motor de un dron que sobrevolaba la rutina apacible de esa mañana en Aracataca. Y el apetito vicioso de Rebeca era el último vestigio de un sueño mágico rezagado en nuestra inconsciencia en el que se amalgamaban la ilusión y la certeza, antes del canto lastimero de un gallo en lontananza.

Aracataca, 11 de octubre de 2023


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