Era una puerta gris. Sin
barrotes. No se veía nada hacia adentro e imaginé que desde allá debía ser
igual el exterior. Esposada, miré por una rendija del camión en el que me
llevaron.
Sentí que caminaba por los
aires. No me di cuenta siquiera de cuando me reseñaron, me untaron los dedos
con tinta y luego los pusieron, como un sello, sobre un papel lleno de
cuadritos. Así es con todas. Solo que cada una siente distinto.
Una vez, una presa llegó
cantando el Himno Nacional. Traía una boina tejida en lana, terciada al lado
izquierdo. Miraba con dignidad espiritual, según me dijo luego. Supe que se
llamaba Marta Sánchez, una guerrillera que había sido capturada en Nariño con
otros combatientes. Hoy trabaja en televisión, yo la he visto en un programa
que habla del amor. Formó parte del comité de recepción a las otras políticas
que iban llegando, por allá en el 82. Hacían un corredor, como los de los
matrimonios para que pasen los novios. Por ese corredor entró Roselia Marulanda,
con la cara hinchada. Marchaba con la mirada altiva y de un ojo se le escapó
una lágrima. Para ella, llegar fue un alivio, después de dos semanas de
torturas, en las que no habló. Pero al entrar al Buen Pastor también cantó el
Himno Nacional.
Las políticas están aquí por
haber luchado por todo el país. Por eso las respetamos. Nosotras entramos
distinto. Solas, porque si la embarramos fue por nosotras, también solas. Y
nunca nos imaginamos estar aquí. Pero uno hace pendejadas, se deja tentar y
cree que le va a ir bien, que no lo van a coger.
Después de que se cerró la
puerta gris y dejé de caminar como por los aires, lloré. Mucho. Las otras
internas me dijeron que tranquila, que eso se me iba a pasar, que me
acostumbraría. Pero han pasado varios años y no me he acostumbrado. Ya no lloro
tanto, pero llevo el infierno por dentro. Las sicólogas me ven y dicen que
estoy bien, que voy a salir dentro de tres meses y que mi cara revela
felicidad.
Aquí todas trabajamos. En los
talleres, como secretarias, en la cocina, en el aseo, en artesanías. Y hasta en
política. La que entró cantando, con la boina, nos organizó para que
exigiéramos mejores condiciones y volvió la cárcel una tribuna contra el gobierno.
Claro que eso fue antes, porque había muchas y los periodistas las
entrevistaban. Hoy son tan poquitas que ya nadie les para bolas, están como
olvidadas.
A uno lo olvidan la familia,
los amigos. Porque quiere olvidarlo o porque les da pena decir que tienen una
hermana o una hija presa. Mire que Alba Rocío Marín, una muchacha de Calarcá,
llevaba varios meses y le escribió a la familia, hasta le mandó una foto. Pero
nada. Uno no olvida, no puede. Quisiera hacerlo, sobre todo cuando salga, pero
lo que se vive en la cárcel es una experiencia para toda la vida.
¡Son tantas cosas! La
demostración de que se es valiente es para no dejársela montar, la necesidad de
conservar la ternura, la falta de afecto. Esa es una de las razones del
lesbianismo. No solo por la necesidad de sexo, pues ya hay visita conyugal. Es
por falta de afecto.
Por eso las lesbianas están
pendientes de ver a una interna nueva que ande muy sola, muy triste, llorando.
Claro, le ofrecen un hombro para recostarse, le dan cariño, la consienten y
después la convierten en amante. Andan por parejas, con sus papeles de macho y
hembra bien definidos. Tanto que la “mujer” le lava la ropa al “hombre” y le
arregla las cosas.
En eso, como en todo, es mejor
hacerse como si no se viera nada. Y cuando se ve, guardar silencio. No echarse
enemigas, porque aquí las deudas se pagan. No hablo de la deuda con la
sociedad, como diría el juez, sino con las enemigas que uno se puede echar
encima.
Una vez vi cuando una interna
cogió a una guardiana y le cortó el cuello. Pero es que se la tenía montada. Y
aunque le faltaba poquito para salir, se la cobró. Claro, se supo quién era y
le sumaron años a la condena y la trasladaron a El Barne, en Tunja, que según
dicen es la peor cárcel del país.
Ese es otro castigo, ¿sabe? Que
las alejen de la familia y eso es lo peor. Tanto que cuando nos castigan
preferimos el calabozo a que nos quiten las visitas. Y es que el calabozo es
horrible. Frío, húmedo, con el techo bajitico. Una vez vino una comisión de la
Procuraduría pero como uno de los funcionarios era amigo de la directora,
entonces dijo que le parecía bien. Se nota que él nunca ha estado preso.
La familia es el único
contacto que se tiene con el exterior. Los amigos se inventan disculpas para no
venir, aunque hasta tienen razón, sobre todo con las requisas a la entrada,
algo indigno. Imagínese que a las mujeres, así sean viejitas o niñas, les
revisan la vagina por si tienen droga escondida. Cuando se sabe que la droga la
entran son las mismas guardianas.
Han cogido a varias y ahora
están presas. Pero se arriesgan porque es un buen negocio, porque muchas
internas quieren salir y creen que con un bareto o un basuco, salen. Andan
caminando por ahí, idas, y hay que dejarlas, eso hay que respetarlo.
Que crean lo que quieran. Pero
siguen adentro. Y aunque se salga parece que siempre se sigue. Porque lo que se
vive acá no se olvida. Hay gente que disfruta hablando de la cárcel. Otra que
no.
Yo sí voy a hablar cuando
salga. A escribir. Ya empecé una novela y estoy trabajándole, pero solo la
podré terminar cuando salga, porque como me revisan las cosas es mejor no decir
todo, sino lo que se pueda. Después le agrego lo demás.
¿Recuperar el tiempo? No. Este
tiempo no se recupera nunca.
Algunas, cuando salen, vuelven
a caer porque las reciben los amigos de antes. Otras, como las políticas,
siguen en lo que estaban y por eso las ayudamos. Pero, eso sí, todas salimos a
buscar a la familia. A reunirnos con los hijos. O a parirlos. Como la interna
que salió la semana pasada.
Imagínese: ya casi cumplía el
tiempo para la libertad condicional. Por estar embarazada de siete meses podía
salir. Y le mataron al esposo. Salió a enterrarlo.
O María Yolanda González, una
guerrillera que llegó trasladada de Bucaramanga. Me dijo que al entrar se le
había acabado la vida. Que su bebé estaba solo. Le faltaban 17 años para volver
a verlo. Pero ya no sería bebé.
(A María Yolanda la entrevisté
también y me contó su historia. A las pocas semanas, murió de pena moral. De
tristeza. La enterraron en una tumba vergonzosa, de esas que nadie siquiera
visita).
Claro que nosotras, por lo
menos, vamos a salir. En cambio Emilia Rivera no lo hará nunca. Presa desde
1957, estuvo primero en el manicomio de Sibaté y desde 1978 en el anexo
siquiátrico, en el frenocomio. No tiene familia que la reciba ni tiene dónde
llegar o qué hacer. Ella no quiere irse.
Publicada en Colombia Hoy Informa n.º 90. Mayo de 1991, pp. 40-41.
Ilustración: Carlos Alguien


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