Las graderías van siendo ocupadas por personas que sonríen como si las comisuras alargadas de la boca formaran parte de la puesta en escena. Los adultos lo hacen cuando recuerdan la primera vez que fueron llevados a un circo y los niños porque se han contagiado con las historias plenas de magia que les han contado.
Hay quienes llevan en sus manos cajas incapaces de contener todas las crispetas que se riegan por el suelo y esparcen su aroma bajo la carpa. Niños y niñas se antojan de exhibir ringletes luminosos. Otros seguramente comprarán narices rojas para imitar a los payasos. Aunque en este circo los payasos no llevan esas narices, seguro porque dificultan el paso del aire para llenar los pulmones y proyectar hasta las graderías las voces que función tras función repiten los chistes como si fuera la primera vez que los dicen. Supongo que improvisan, claro.
Una función cada noche, entre semana. Dos funciones, una vespertina y otra nocturna, los sábados, domingos y festivos, que en Colombia son muchísimos.
Se apagan las luces y retumba la voz de Raúl Gasca, el director de pista, conocido como maestro de ceremonias, quien prolonga las sílabas de las palabras. El público expectante mira al centro del escenario de diez metros de diámetro, donde se enciende una luz precedida por una estela alegre y acompañada por música a todo volumen, para que nadie dude en dirigir la vista a donde el espectáculo va a empezar.
Pero alguien interrumpe al presentador, que simula regañarlo y le ordena que abandone el lugar. Es el payaso sin nariz roja, aunque tiene maquillaje y usa prendas multicolores. Los zapatos no son esos alargados de antaño. Zapatos de payaso tímido, diría el niño que ocupa una banca en la primera fila, acompañado de dos hermanos, del papá y de la mamá. El maestro de ceremonias acepta que el payaso siga allí, a cambio de que cuente con un representante. Fácil: el papá de los tres niños es elegido por el payaso como el supuesto representante. Le preguntan cómo se llama y el hombre responde entre tímido y orgulloso: “José”. Pagar para que se “burlen” de uno, como que no. Pero es un juego y el payaso repite sin cansancio “José, José, José, José” y cada vez que pronuncia con voz grave las dos sílabas, el público explota en risas, que han reemplazado a las sonrisas iniciales.
Como en un pista de bicicross dentro del circo, salta la primera BMX y se escuchan aplausos serios, sorprendidos por las volteretas que dan los tres muchachos que levantan los brazos para animar todavía más al público.
Otros tres hombres y una mujer elegidos entre los espectadores pasan al escenario colorido. No es burla, ya se dijo, pero sí hacen el ridículo con bailes torpes y son conscientes de ello. Pero en el circo todo vale, siempre que sea con respeto.
Son reemplazados por una mujer fuerte que hace figuras con su cuerpo y alza primero a su hijo adulto y después al otro, niño todavía. Las luces rebotan en las telas de los leotardos y en las cintas reflectivas, mientras son elevados rítmicamente, y rítmicamente regresan a la tarima.
Viene el terrorífico número de las hojas de acero que por fortuna penetran la madera y no en los cuerpos de las mujeres que podrían ser heridos con los cuchillos que un hombre lanza seguro a cinco metros de distancia. Exclamaciones que crecen cada que hay un lanzamiento, y más cuando una de las mujeres es atada en una tabla circular que gira a medida que el Guillermo Tell moderno dispara otros seis cuchillos. Aplausos cuando la mujer se retira ilesa.
No hay animales en este ni en ningún otro circo en Colombia. Uno que otro nostálgico querrá que sea levantada la prohibición, así como la de matar toros de lidia en las plazas. Lo que sí hay es un hombre bala. Así como suena. Un cañón de entre cinco y diez metros de largo duerme tranquilo sobre el remolque de un camión, estacionado al lado izquierdo de la carpa. Vestido con un traje sugestivo, y sin al menos un casco que proteja su testa, saluda al público mientras el equipo logístico tiempla la red en la que él ha de caer. Aplausos sorprendidos y el hombre entra por la boca del cañón, mientras el presentador cuenta sin detalles lo que va a ocurrir. Y ocurre. El hombre sale disparado, literalmente, rebota en la malla por la que se desliza, se descuelga al piso y reclama un aplauso más fuerte. Camina como si nada, al tiempo que responde mi pregunta interna sobre el estado de sus rodillas después del impacto físico para que su cuerpo fuera lanzado a diez metros. La magia del circo, que los médicos lo expliquen.
Yo tampoco me explico cómo la mujer con el cabello de acero es izada por una grúa que la hace recorrer el escenario a cinco metros de altura. Todo esto, amarrada a su moña de pelo negro. Estoy seguro de que todas las personas del público tratamos de buscar los ganchos invisibles amarrados a las axilas o en la espalda. Nada. De todas formas, se escucharon nuevas exclamaciones de admiración, acompañadas de aplausos y más aplausos.
Otra vez el payaso sin nariz roja, después el jovencito que convierte en marimba a un montón de botellas afinadas de acuerdo con la cantidad de líquido en su interior. Su hermana, una preadolescente también heredera del Circo de México de los Hermanos Gasca, como ha sido tradición entre generaciones, canta a todo pulmón y ensaya bromas que celebra el público.
Es este un circo internacional. No solo porque fue fundado en México y recorre todo el continente, sino porque muchos de sus artistas provienen de varios países. Como el Dúo pasión, conformado por un hombre y una mujer procedentes de Venezuela que entran al escenario, saludan respetuosos al público que en un ratico los ha de aplaudir gustoso con sus acrobacias. Él se eleva, la hala, penden de una cuerda asegurada en lo más alto de la estructura de la carpa, se anudan y sin apoyar los pies en el piso danzan enamorados, como buenos caribeños que son. Cinco minutos y quince segundos después, cuando el número concluye, se dan un beso apasionado, que despierta más aplausos. Claro. Quien más aplaude es su hija de diez años de edad, quien ya aprende las artes del contorsionismo para algún día presentarse en el circo.
Aparece después una bola metálica gigante, con un armazón que permite ver su interior. Tres motociclistas hacen rugir los motores de las máquinas e invaden el escenario. Saludan, alzan los brazos, acomodan los cascos y entran a la estructura similar a la que vi en el Circo Egred Hermanos, en Cali, cuando yo era niño. Varias vueltas, y aparece un cuarto motociclista que se une al grupo que gira y gira y gira y gira, mientras los cuerpos se rozan. El público guarda silencio. No se escucha ni la música de fondo, solo los motores. Hasta el olor de las crispetas se esfumó. Nadie mira para otro lado. Los motociclistas temerarios concluyen el número después de eternos tres minutos y medio después de que fueran encendidos los motores, y se resguardan tras bambalinas –supongo que se dice así en el circo, no solo en el teatro–, y el ruido de las máquinas es reemplazado por más aplausos. Los “motociclistas suicidas”, como les dicen, salen del Globo de la muerte y hacen venias alegres.
Llega otra vez el presentador, maestro de ceremonias, director de pista, como quiera que le digan en México o en Colombia, proyecta su voz a través de un micrófono potente, y despide a los grupos de artistas que durante noventa minutos han hecho que los niños se contagien de la magia del circo y que los adultos hayamos vuelto a ser niños.
Las luces han de ser apagadas, la alegre carpa azul recibirá el sereno de la madrugada en Chía, para ser encendidas al día siguiente, antes de que empiece la próxima función.
Acomodado en una mullida butaca de un cinema doce cuadras al norte del Palacio de Justicia y cuarenta años después de la masacre de la retoma del edificio por parte de los organismos “de seguridad” del Estado, sentí de nuevo la angustia sufrida durante veintisiete horas entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985. Fue en la proyección de la película Noviembre , sobre el juicio que no se pudo realizar al gobierno y los militares por la violación de los acuerdos de paz suscritos un año antes con varios grupos insurgentes. En la pantalla gigante, las escenas transcurrieron en un pequeño escenario, un baño del Palacio de Justicia, combinadas con imágenes de los exteriores, tomadas estas últimas de noticieros de la época. Cada segundo, cada rostro sudado, cada arma en ristre o pendiente de un hombro nervioso, cada señal en un radiecito manual, cada explosión que retumba en el alma, cada vidrio roto, cada voluta de humo del incendio en el sótano y de los gases lacrimógenos, cada disparo qu...


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