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Quijotadas. Fuegos

 


A Felipe Sandoval Correa

 Hace frío. Mucho. Enciendo la chimenea que había permanecido apagada durante los dos últimos meses. Leña hay de sobra, recuperada de la estructura de un viejo escritorio de cajones rayados y oloroso a memoria vegetal, destrozado a martillazos, como si se tratara de una demolición con una almádena. Hay trozos de varios tamaños, que nutren las llamas tímidas. Chisporrotean y truenan.

Las lenguas de fuego cabalgan. El humo se compacta en el buitrón y asciende tras aceptar feliz la invitación que le hace el domo del espacio sin nubes, adornado por la misma luna que hace cuatrocientos años iluminó la senda de un hombre algo mayor y delgado hasta el cansancio, y de otro más joven e iletrado que no paraba de plantear maravillosas y sabias disertaciones sobre lo divino y lo humano. Pese a su nula experiencia en asuntos de lo que hoy llaman administración pública, estoy seguro de que habría sido un excelente gobernador de una isla.

Volvamos a esta noche. A mi lado, superpuestos en un odioso paquete de plástico, seis libros esperan a ser leídos por última vez. Por sus páginas, además del ingenioso hombre mayor y su escudero, deambulan diminutos seres que no saben leer pero que tienen la fama justa de ser devoradores de libros. Las páginas amarilleadas tras setenta y siete años de haber sido cubiertas de a poquitos con gotas de tinta negra, ya perdieron su olor original y de ellas se desprende un aroma casi desagradable. Lástima.

Hace unos días, una bibliotecaria condolida me confesó que nada podía hacerse, que la colección de seis tomos no podría mezclarse con otros libros más jóvenes.

La chimenea atrae.

Cojo un libro al azar, el que estaba encima de los otros. Lo miro, lo acaricio con delicadeza, también al azar paso algunas páginas y lo deposito encima de una tabla ardiente que había sido del escritorio. Se funden.

Observo en silencio. Por fortuna, las hojas no producen llamas. Se forma un bloque negro, triste. Otro leño y un bloque más de papel medio carcomido por muchos Anobium que se relevaron durante varios lustros, tampoco nutre a la chimenea. Ninguno de los siguientes, que prefieren ser carbón débil, en el que no se distinguen el fondo de blanco envejecido y las letras de tinta negra. Guardo el último, que leeré mañana a cualquier hora, antes de volver a encender la chimenea: “Desocupado lector, sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir á la orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante…”.

 

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