Comparto dos cuentos -Dioses y La diosa de San Agustín- que forman parte del libro Colores de supervivencia, que eLibros editorial acaba de publicar en edición electrónica.
Dioses
Habían surgido
de la lejana línea redondeada del horizonte. Eran tres naves gigantescas, como
nunca habíamos visto ni presentido siquiera. La más grande, si acaso pudiera
existir alguna, venía adelante. De ella se desprendieron canoas, como las
nuestras, pero en su interior venían ellos.
Los dejamos
acercarse, los dejamos pisar la arena blanda, húmeda. Sí, debían ser ellos.
Teníamos que acicalarnos para recibirlos, habíamos esperado demasiado el
momento de su llegada. Transcurrió una luna, antes de acercarnos. Parecieron
sorprenderse, de seguro estábamos dándoles una mala impresión, pues mientras
nosotros lucíamos con orgullo los cuerpos que nos había dado la naturaleza,
pesadas telas y gruesas corazas, como para la guerra, cubrían los suyos.
También tenían cuerpos.
El sol, que seguía caminando sobre su cúpula, se inclinó lo suficiente para que la sombra de uno de ellos alcanzara mi tamaño. Resolví mirarlo a los ojos, mientras él contemplaba mis pezones al aire. Un impulso irresistible me hizo deslizar el dedo índice sobre su peluda mejilla izquierda. Lamí el dedo y confirmé que sabía igual a como olía: a sal y sudor apelmazados, y concluí que no podían ser los dioses que aguardábamos, surgidos del mar. Fue esa la primera señal, que ignoramos, de lo que después serían espantosas realidades.
La diosa de San Agustín
Hoy es 28 de
agosto. Me encuentro en la ciudad de Dios, o por lo menos es lo que dirán
dentro de varios siglos, cuando le den a mi ciudad el nombre de San Agustín, un
tipo al que no conozco ni me interesa conocer. Lo único que me interesa es
terminar la talla de esta monumental escultura de la mujer que amé. Cada golpe
al cincel es un beso que le doy a la más hermosa de todas las mujeres que ha
habido en esta región, enclavada en montañas en las que después se formularán
enigmáticos cuestionamientos acerca de cómo desaparecimos de la faz de la
tierra. Pendejos, no saben que siempre estaremos aquí, que viviremos más que
ellos, que regresaremos cuando se hayan ido.
Ella era hermosa. La conocí hace veinte lunas, cuando varios
jóvenes nos dirigíamos a tallar una figura que llamarán antropomorfa. La miré,
a ella, y bajó los ojos. El maestro se dio cuenta y sonrió. Nadie más supo. Ni
sabrá. La veía todas las mañanas y en las tardes, cuando regresaba a descansar.
Solo una vez cruzamos palabras, pero ya estábamos enamorados. Sin decirlo, nos
juramos amor eterno. Eterno. Por eso la escultura.
Una tarde no la vi. Ni a la mañana siguiente. El maestro me
acompañó a indagar, aunque luego me confesó que algo intuía. Un viento llegado
del norte y del oriente había penetrado sus pulmones y los horadó mientras la
luna permanecía oculta tras nubes transparentes. Supimos que desde esos puntos
cardinales llegaría después la maldición y los sabios decidieron partir.
El maestro me
respaldó cuando, tímido, sugerí que debería esculpir la más hermosa
escultura de una diosa. Él sabía y por eso está hoy conmigo, como testigo mudo,
cuando doy los últimos golpes al cincel, cuando le doy los últimos besos a la
más hermosa de todas las mujeres que ha habido en esta región. Algún arqueólogo
la descubrirá una mañana y aceptará que era bella, como una diosa. Dirá que era
una diosa. La mía.
Se trata de una obra que trasciende el formato del cuento para convertirse en un fresco narrativo sobre la memoria, la identidad y la resistencia. Un total de 22 cuentos, en los que construyo un universo simbólico en el que cada color representa una época, una voz y una forma de habitar el dolor y la esperanza. Desde los mitos precolombinos hasta las heridas abiertas de la historia reciente, los relatos invitan a recorrer los caminos de Latinoamérica, marcados por la conquista, la esclavitud, la violencia y la persistencia de la vida.
Más información en https://elibros.com.co/product/colores-de-supervivencia/

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