Rayos y truenos sobre un escenario oscuro. Así comienza la obra Gonawindúa: el corazón del mundo, que bajo la dirección de Nube Sandoval y Bernardo Rey nos cuenta a los “hermanos menores” cuál es la cosmogonía de los habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, región sagrada que desde 1492 está siendo destruida pero que los cuatro pueblos ancestrales se empeñan en defender.
Música, danza, poesía en la voz de un Mamo que nos explica a los neófitos lo que era, lo que es y lo que debe ser el mundo entero como un ser viviente, no solo su corazón Gonawindúa.
La explotación desaforada como por ejemplo en las minas de El Cerrejón, las guerras que han elegido ese territorio por sus recursos y ubicación estratégica, en contraposición de lo cual está la defensa a partir de las culturas, forman parte de la obra presentada el fin de semana en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, donde se dieron cita antropólogos, sociólogos, periodistas, escritores, músicos, público en general, como debe ser.
Los trece integrantes del grupo no necesitaban hablar ni actuar, estaban simplemente representando su historia y su cotidianidad, la tragedia que se cierne sobre ellos de forma permanente y de la que resurgen con la magia del agua y de la luz.
La palabra se teje y unas cuerdas son extendidas sobre el lienzo del tablado para acoger a mujeres y hombres que en silencio se dejan conducir por el ritmo de la obra y por el sonido de esas cuerdas que producen su propia música cuando son batidas para percutir contra el escenario.
Guiados por el Mamo Aluntana Vacuna, integrantes del pueblo Kággaba (Kogui) cuentan su propia historia que es también la nuestra, porque –ellos sí– tienen la certeza de que la supervivencia del género humano está en riesgo. La vida antes que el dinero, se podría decir de forma simplista, pero no encuentro otra manera.
Dentro de su filosofía están los postulados sobre los que se fundamenta la representatividad: “fortalecer, reproducir y defender la cultura, y regular el intervencionismo externo”, como explica la misma Organización Gonawindúa Tayrona, cuyo mandato propio es “regular, buscar el equilibrio entre lo de adentro con lo de afuera y garantizar la permanencia de lo interno, como filtro de ordenación, pero sin ignorar las cosas de afuera”.
Vaya uno a saber si algunas de las entidades que apoyan la obra entendieron el mensaje o simplemente limpian su conciencia.
Pero de todas formas, y a 786 kilómetros de la Sierra Nevada de Santa Marta, el público de Bogotá conoció la situación o renovó los saberes de la mano de los indígenas protagonistas, procedentes de Gonawindúa, el corazón del mundo que sigue palpitando para que este planeta sobreviva.
Fotografìas: Adriana Castillo Torres, Teatro Cenit.
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