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Quijotadas. Los nombres de la valiente Feliza

 

 


Yo siempre estoy con el bando de los que ponen los muertos, no de los que matan”: Marta Traba.

 

Hace unos días, una poeta amiga me reenvió el mensaje de un conocido suyo, quien le decía que se negaba a leer Los nombres de Feliza, la novela de Juan Gabriel Vásquez, porque debería ser Los hombres de Feliza. El amigo de la poeta se lavaba las manos y decía que “en todo caso, un buen escritor”. Con un muy pobre criterio literario, el señor es además de un machismo casi que irredimible, pues no entiende el papel que como mujer y como artista desempeñó la escultora colombiana Feliza Bursztyn, quien murió de tristeza.

En la novela, Juan Gabriel Vásquez cuenta la anécdota de un periodista que fue a entrevistar a la escultora en su taller ubicado en Teusaquillo: “Feliza le abrió la puerta vestida con sus pantalones sucios, un delantal de cuero que la protegía de las chispas y las manos enfundadas en guantes de cuero, y el periodista preguntó: ‘¿Qué opina usted de los que dicen que su trabajo es poco femenino?’. Por toda respuesta, Feliza le pidió un momento, se perdió detrás de la puerta del taller y regresó en segundos con los mismos jeans, el mismo delantal y los mismos guantes de cuero, pero con un collar de perlas colgándole del cuello, y le dijo, con una sonrisa dulce y un sarcasmo de derretir metales: ‘¿Así estoy más mujer?’” (páginas 173-174).

Otra anécdota recogida en el libro, que habla de su valentía, es la del diálogo con un tipo de apellido Vélez, quien creo que es el mismo que todavía funge como periodista, que la entrevistó y le preguntó sobre política, sobre feminismo, y al final ella le dijo: “El periodismo es una aberración. Las entrevistas son una aberración”. El tipo preguntó: “Esta también?”. “Sobre todo esta, querido amigo. Sobre todo esta” (página 209).

Bogotana como ella sola, fue una irreverente ante la vida, ante las instituciones y ante el arte que ejerció desde cuando tuvo uso de razón.

Iconoclasta convencida, dibujó, pintó y construyó unas esculturas a partir de chatarra y de latas de carros chocados y de mesones de cocinas remodeladas. La más famosa es la que hizo en homenaje a Gandhi y que todavía sobrevive en la esquina de la calle 99 con avenida séptima, pocas cuadras al sur de las caballerizas del Ejército en las que ella y muchas otras personas fueron torturadas dizque para defender la democracia.

En uno de sus tantos viajes al exterior visitó Cuba, donde expuso parte de su obra, y gustosa aceptó la misión de ser estafeta de la Casa de Américas para entregar invitaciones a cantantes, pintores, escritores que quisieran visitar la isla para hablar de cultura.

Cuba y cultura eran sinónimos de subversión y la casa de Feliza Bursztyn fue allanada por hombres vestidos de civil y ataviados con ruanas bajo las cuales portaban armas de largo alcance que no estaban interesados en disimular. La detuvieron y la tuvieron vendada las horas suficientes para despertar pánico y para que confesara lo que fuera, así no fuera. Como cuando era niña y fue atropellada por un caballo, en las caballerizas de Usaquén fueron varios los equinos que la rodearon y le produjeron pánico. Los torturadores la amenazaron con violarla y les gritó que la violaran de una buena vez y no la jodieran más.

De esa jornada de inquisición quedó un número que la identificaba como la prisionera 5 escrito en una cinta de enmascarar, que el ingeniero y educador Pablo Leyva, su esposo, conservó mucho tiempo después de que ella muriera, en un restaurante en París.

Estaba en el exilio, al lado de sus firmes amigos Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez, de un periodista y de su esposa, y del incondicional Pablo Leyva, y a las 10 y 15 minutos de la noche del 8 de enero de 1982 su corazón dejó de irrigar sangre y el cuerpo de Feliza Bursztyn se desvaneció.

La novela de Juan Gabriel Vásquez estremece y uno es testigo de letras “para recordar, para contar anécdotas, para llorar juntos, no solo con llanto, sino con palabras” (página 269).

Colombiana como la que más, un cofre herméticamente sellado la trajo de regreso a la Bogotá que la había visto nacer el 8 de septiembre de 1933, y en Bogotá fue sepultada.

Buscaré a Pablo Leyva, el esposo de Feliza Bursztyn, quien la ayudó a reconstruirse después de un accidente automovilístico, quien la visitó en México después de que la dictadura civil-militar de Turbay la detuviera, la torturara y la obligara a exiliarse en México y después en París, donde una noche de invierno se murió de tristeza. A Pablo Leyva, si se puede, lo entrevistaré; si no se puede, al menos le daré un abrazo lleno de afecto.



Foto superior: Adriana Castillo Torres.

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