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Mostrando las entradas de mayo, 2020

Armadura

Por Javier Correa Correa Eran las once y cincuenta y mi padre me llevaba de la mano. Caminábamos de prisa, no porque él temiera que no alcanzáramos a llegar a la Misa de Gallo, sino porque pensaba que ya no encontraríamos una banca disponible para nosotros en la Iglesia del colegio Berchmans. En especial para mí, que llevaba veinte minutos llorando y, de seguir haciéndolo, habría sido un drama para todos. Y no solo para mí. Harold, qué nombre tan feo. Y peor aún era Haritol, como yo lo llamaba. Tenía los mismos siete años míos, las mismas ganas de vivir alegre y despreocupado, la misma forma de mirar preguntando por todo. El día se nos había ido jugando, desde la primera hora, a perseguir lagartijas en el borde de la colina al frente de las casas, a las canicas o al fútbol en la calle levemente inclinada, por lo que a cada gol cambiábamos de cancha para que ninguno tuviera ventaja. Terminábamos empatados siempre, claro, pero algunas ocasiones eran la mamá de él o la mía...