Por Javier Correa Correa Eran las once y cincuenta y mi padre me llevaba de la mano. Caminábamos de prisa, no porque él temiera que no alcanzáramos a llegar a la Misa de Gallo, sino porque pensaba que ya no encontraríamos una banca disponible para nosotros en la Iglesia del colegio Berchmans. En especial para mí, que llevaba veinte minutos llorando y, de seguir haciéndolo, habría sido un drama para todos. Y no solo para mí. Harold, qué nombre tan feo. Y peor aún era Haritol, como yo lo llamaba. Tenía los mismos siete años míos, las mismas ganas de vivir alegre y despreocupado, la misma forma de mirar preguntando por todo. El día se nos había ido jugando, desde la primera hora, a perseguir lagartijas en el borde de la colina al frente de las casas, a las canicas o al fútbol en la calle levemente inclinada, por lo que a cada gol cambiábamos de cancha para que ninguno tuviera ventaja. Terminábamos empatados siempre, claro, pero algunas ocasiones eran la mamá de él o la mía...
Escritor colombiano, autor de tres novelas, más de 200 cuentos en diversos géneros, poemas y ensayos. Desde 1981 ejerce el periodismo y desde entonces ha trabajado también en la docencia universitaria y el sector editorial. En la actualidad prepara su cuarta novela, Encuentro en el presidio, y un libro de cuentos dirigido a niños y niñas. Su novela La mujer de los condenados está siendo adaptada por la guionista Claudia Patricia Sandino del Busto.